Diarios de Matilda VI… y aún no ha terminado

Por Espe a las 1:49 pm el Martes, Julio 8, 2008  

Nota: esta entrada, y las que le siguen, las escribí antes de terminar mi viaje. El rápido desarrollo de los acontecimientos posteriores condenaron a mi diario al olvido. Ahora me gustaría recordar.

Darwin marcó el punto de inflexión en nuestra vuelta a Australia; una vez alcanzado el norte, solo quedaba el regreso a Sydney, esta vez atravesando el corazón del país.

Habíamos leído en una revista sobre un extravagante evento que tenía lugar cada año en una ciudad llamada Alice Springs, situada a unos 1500 km de Darwin en la autopista que conecta norte y sur. Los siguientes dos días a nuestra salida del parque Kakadu, se convirtieron en una carrera contrarreloj para llegar a tiempo de presenciar la “Henley On Todd Regatta”. Como su nombre indica, el evento era una regata o carrera de barcos de vela, pero con una peculiar diferencia con el resto de regatas; esta se celebraba en la cuenca de un río seco, el Hedley on Todd.

Después de dos días de conducción ininterrumpida, llegamos a Alice Spring la mañana del día en cuestión, justo antes del comienzo oficial de la regata con la procesión de barcos participantes. Nos perdimos ésta en favor de una ducha bien merecida y cuando llegamos al río la competición ya había empezado. Lo que vimos al llegar fue varios grupos de gente corriendo sobre la arena de la cuenca del río, cada grupo cargaba con una pequeña bañera con persona dentro incluida. Estaban en plena carrera.

El resto del día transcurrió entre competiciones de barcos con “patas”, gente remando en la arena, carreras en esquíes, y toda clase de pruebas “acuáticas”. La fiesta terminó con una batalla naval.

Nuestra siguiente parada era, literalmente, una enorme roca roja en pleno desierto.

El primer hombre no aborígen en toparse con la roca fue el explorador Ernest Giles, quien solo la pudo ver a distancia. Más tarde, el topógrafo William Gosse la visitó y le dió el nombre de Ayers Rock.

Sin embargo, este había sido el hogar de un pueblo aborígen (Anangu) desde miles de años antes de que un europeo se topara con ella y su nombre era, y sigue siendo, Uluru. Aunque los habitantes tradicionales de Uluru ya no habitan la roca, ellos siguen siendo los propietarios de estas tierras, solo después de que los colonos se las arrebataran y el gobierno australiano se las devolvieran en 1985, con una condición: los aborígenes serían los propietarios legales pero estos arrendarían las tierras al gobierno para su administración y explotación turística por un periodo de 99 años. De esta manera, los responsables del parque no pueden tomar decisiones sobre el lugar sin consultar antes a sus propietarios tradicionales.

La cultura de los pueblos aborígenes se caracteriza por ser una de estrecha relación con la naturaleza. Su percepción de ellos mismos en su entorno es de pertenencia al mismo en oposición al de propietarios del entorno. De ahí se derivan ciertos tabús referentes a su hábitat, que abundan en su cultura. En Uluru, en concreto, había ciertos lugares sagrados en los que estaba prohibído sacar fotografías, filmar o incluso mirar. Había sitios específicos en la roca, como cuevas, donde el acceso estaba prohibído o donde los hombres no podían mirar cuando pasaban cerca por ser lugares restringidos a las mujeres, donde éstas desarrollaban sus actividades diarias cuando vivían allí.

Aunque subir a la cima de la montaña está permitido a los turistas, los aborígenes prefieren que no lo hagan y piden a estos que respeten esta petición. En primer lugar porque es un lugar sagrado para ellos y, en segundo, porque la escalada es peligrosa y si sucede algún accidente ellos, como parte de este lugar, se sienten responsables. A pesar de este deseo, expresado en el parque a través de carteles y de sus “rangers” (los cuidadores), cada día multitud de personas hacen oídos sordos y suben hasta la cima. Y los accidentes y muertes ocurren. Como medida de prevención de accidentes, la escalada está prohibída en días demasiado calurosos, con lluvia o viento. Pero aún en condiciones climáticas ideales, resbalar en la roca es fácil.

Los aborígienes de estas tierras ya no viven en el lugar pero todavía hoy celebran allí ciertas ceremonias como lo hacían tradicionalmente. Cuando esto sucede, el parque está cerrado al público.

Uluru es la roca más famosa del parque pero no la única. Cerca de ésta “crece” un grupo de rocas que parecen cabezas de gigantes (de hecho, este es el significado de su nombre aborígen) del mismo color que Uluru y mismos orígenes. Su nombre inglés es “The Olgas”, su nombre de siempre “Kata Tjuta”

Ambas formaciones geológicas son mundialmente conocidas por su color, especialmente al atardecer cuando éste se intensifica hasta un rojo sangriento. Los amaneceres y atardeceres son la visión más popular del parque y una buena oportunidad para la fotografía.
En Uluru contemplamos dos atardeceres. El primer día vimos una hermosa luna llena salir tras la roca, que no esperábamos, lo que le dio a Andy la idea de sacar una secuencia de fotos de la salida de la luna al día siguiente.

En el segundo atardecer lo teníamos todo preparado para la sesión fotográfica pero la luna se volvió tímida. Pasó la hora en la que el día anterior se había asomado tras Uluru y luego subido lentamente hasta mostrarse completa… pero nada pasaba. El tiempo pasaba, el sol se había puesto y el cielo estaba extrañamente oscuro… pero nada pasaba. Estábamos cansados, hacía frío y pensábamos marcharnos… cuando algo ocurrió. Primero un débil resplandor de luz sobre la cima de Uluru, después una esfera blanquecina en sombras se alzaba sobre el cielo estrellado. Una luna inusual, transformada, disfrazada… ¡una luna eclipsada! La casualidad quiso que estuviéramos contemplando el atardecer en Uluru la noche de un eclipse parcial de luna y ¡preparados para tomar fotos! El espectáculo que nos ofreció la naturaleza esa noche fue único, un momento especial para atesorar.

Al día siguiente conocimos a un chico de Singapur aficionado a la fotografía que había ido a Uluru expresamente con ocasión del eclipse. Tenía planeado su viaje a Australia desde hacía meses.

Relativamente cerca a Uluru y Kata Tjuta, en Australia “cerca” toma una nueva dimensión, se encuentra un cañón llamado Kings Canyon. Allí hicimos dos caminatas; una corta guiada por un ranger, donde conocimos a una pareja de biólogos, él catalán y ella alicantina (residentes en Valencia); y otra larga, donde nos dió tiempo a conocer a mucha gente por el camino. Esta caminata fue extenuante, sobre todo en su tramo inicial donde la escalada es bastante empindada pero el esfuerzo valió la pena.

Dejando atrás las maravillas naturales del corazón de Australia, condujimos hacia el sur para visitar otro remoto lugar que no atrae precisamente por su belleza pero que es definitivamente atractivo. El lugar se llama Cober Peddy, conocido como la capital mundial del ópalo… y del polvo, añadiría yo. Muchos de vosotros habéis visitado Cober Peddy a través de la pantalla, si habéis visto alguna de las películas que se han rodado aquí. Una de ellas es Mad Max III, con lo que ya os hacéis una idea de cómo es el lugar. Posiblemente este lugar del mundo es lo más parecido a la idea colectiva que tenemos de nuestro planeta Tierra tras un holocausto. Polvoriento, árido, inclemente, reúne todos los requisitos para ser inhabitable. El sol azota con tal fuerza que la mayoría de viviendas, así como algunas tiendas, hostales, restaurantes e iglesias, están construidas bajo tierra, en cavernas. Por el mismo motivo, los uniformes escolares de los niños incluyen un sombrero de ala ancha que están obligados a llevar en todo momento fuera de las clases. En los meses de verano (de noviembre a marzo) las temperaturas pueden oscilar entre los 35° C y 45° C en la sombra, con ocasionales tormentas de arena.
Además, no hay una fuente de agua dulce en kilómetros a la redonda. El agua potable es bombeada desde las profundidades de la tierra.

Y sin embargo, Cobber Peddy es una ciudad de casi 2000 habitantes (según el censo de 2006). ¿Por qué? La respuesta está, una vez más, bajo tierra. Cobber Peddy es el mayor productor de ópalos en Australia y, por ende, del mundo. El ópalo es la única razón de existir de esta ciudad.

En esta polvorienta ciudad, a parte de respirar mucho polvo, insisto, visitamos una de las minas reconvertidas a museo. Ahí aprendimos cómo era la dura vida del minero de tiempo atrás, que llegaba a este remoto lugar con la esperanza de encontrar la piedra que le hiciera rico de por vida. El sueño del ópalo.

Todavía hoy muchos llegan a este lugar con el mismo sueño desde diferentes partes del mundo, lo que resulta en una población culturalmente variada y unas tierras totalmente agujereadas.

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Bienvenida a casa

Por Espe a las 11:14 pm el Viernes, Diciembre 14, 2007  
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