Odisea en Vietnam (II parte)

Por Espe a las 5:29 pm el Domingo, Marzo 25, 2007  

Al ver cómo se alejaba nuestra última oportunidad de salir de allí, los dos tuvimos nuestro momento de desahogo. Mientras el autobús seguía su camino, gritamos a los cuatro vientos lo que pensábamos y sentíamos en aquel momento: la gente de Vietnam no tenía corazón, era insensible y solo les importaba el dinero. En ningún otro país nos habían tratado de esa manera.
La gente en la calle nos observaba a distancia; hombres, mujeres y niños que aparentemente no tenían nada que hacer, salieron afuera de sus casas o se detenían en su camino para mirar el “espectáculo” y, lejos de ayudarnos, muchos incluso se reían.

Tuvo que ser una niña de quince años la que tuviera la iniciativa de acercarse y hablar con nosotros. Nos dijo que había otro autobús a la una de la tarde, pero eso para mí no significaba nada excepto enzarzarnos en la misma frustrante discusión con el conductor. Ante la idea, me eché a llorar impotente, liberando por fin la tensión acumulada. Al rato, la chica apareció de nuevo esta vez en su moto, paró delante de nosotros y nos dijo: “Puedo ayudaros. Esperadme aquí”. La orden tuvo gracia, teniendo en cuenta que nuestro problema era precisamente que no nos podíamos mover de allí. ¿Dónde íbamos a ir?

Al cabo de una media hora, la chica volvió con un hombre joven que nos presentó como su profesor de inglés. Le explicamos nuestra situación y nos dijo que lo comprendía, sabía cómo se aprovechaban los conductores y que era injusto. Se ofreció a hablar en nuestro favor con el conductor del autobús de la una y, mientras tanto, nos invitó a visitar su escuela, donde podíamos descansar y comer. Así que nos llevaron a la escuela, que estaba a 2km del pueblo, yo subida en la moto de nuestra salvadora.

En el colegio todos fueron muy amables. El profesor nos ofreció su habitación para descansar (los profesores se alojaban en un edificio anexo a la escuela) aunque esto fue imposible ante la procesión de maestros y alumnos que pasaron por allí para hablar con nosotros. Esto no me importó en absoluto; estaba feliz y agradecida de sentir por fin un poco de calor humano, de que alguien nos tendiera una mano amiga. De nuevo habíamos tenido una de cal y otra de arena. Tan pronto nos encontrábamos con el vietnamita avaricioso y agresivo como, en el extremo opuesto, la gente más genuinamente amigable.

Sabíamos perfectamente que el precio que piden al turista es abusivo, pero de nuestra charla con los profesores obtuvimos algunos datos que dan una idea de la magnitud del abuso: el sueldo medio en las ciudades es de unos 50 dólares mensuales y aproximadamente 20 en zonas rurales, que es lo que cobraban estos maestros. Así, los piratas de los autobuses pretendían sacarse un sobresueldo equivalente a un mes de salario con cada turista atrapado en Quan Son.

Todos los maestros eran muy jóvenes, rondando los 24, la mayoría en su primer año de profesión en la escuela. Me llamó la atención la buena relación que parecían tener profesores y alumnos.
Son los propios maestros los que cocinan, turnándose cada día. Esta vez cocinaron también para nosotros. Comimos al estilo vietnamita, sentados en corro en el suelo, sobre una esterilla, cada uno con su bol de arroz y varios platos en el centro para mezclar con el arroz. Después de comer, nos dejaron solos en la habitación para que pudiéramos descansar antes de subir al autobús.

Cuando llegó la hora, salimos acompañados por nuestro maestro de inglés a esperar el autobús, pero a mitad de camino, en el patio del colegio, se detuvo a hablar con alguien que acababa de llegar en moto. Hablaban en vietnamita, el profesor tranquilamente y el de la moto algo agitado, apuntando hacia nosotros ocasionalmente. Aunque no entendía una palabra, sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo. Imaginé que el de la moto era el extorsionador de turno y que discutía con el profesor sobre el impuesto a pagar por ser extranjeros. De hecho, al igual que en los otros autobuses, este ni siquiera era el conductor sino la persona encargada de cobrar a los pasajeros. En un momento dado, el maestro nos tradujo: quería 30 dólares, dinero que seguíamos sin tener. Traté de regatear solo una vez, pero ante el primer ‘no’ y conociendo ya la tozuded de esta gente, eché a andar con la sangre hirviendo, dejando a todos, ladrón, maestro y a Andy, atrás. Mi objetivo era llegar al autobús, que podía ver a lo lejos aparcado a las afueras del pueblo, subirme a él y negarme a bajar. Mi plan se vió frustrado cuando, a mitad de los 2km que me separaban del vehículo, el saqueador de turistas me pasó en la moto.
Andy casi me había alcanzado cuando el autobús pasó en sentido opuesto, hacia la escuela que habíamos dejado atrás. En ese momento llegué a mi límite, perdí el control y empecé a gritar con todas mis fuerzas y toda mi rabia ¡quiero salir de aquí! El estado emocional en que me encontraba explica lo que sucedió a continuación.

El autobús volvía hacia el pueblo, después de su ronda para recojer a pasajeros, para tomar definitivamente la carretera hacia Hanoi. Una sola idea cruzó por mi cabeza: debía subir a ese autobús como fuera. Esa era nuestra última oportunidad de salir de allí y no podía soportar la idea de permanecer en ese pueblo una noche más, lo que hubiera significado además gastar el único dinero que teníamos en alojamiento y comida. Determinada a parar el autobús, me planté en medio de la carretera, brazos en cruz, delante de él. El autobús disminuyó la velocidad y el conductor hizo un intento de esquivarme, pero yo rectifiqué mi posición para permanecer en su camino. Cuando casi había parado, fui hacia la puerta e intenté abrirla. Desde dentro, el tirano del recaudador empujaba oponiendo resistencia y el conductor intentaba seguir la marcha, pero Andy se había puesto delante, impidiéndoselo. Afortunadamente el autobús era un cacharro antiguo, con puerta manual, y tras un par de intentos la abrí a golpes. En cuanto subí me encontré de frente con el bandido y le empujé haciéndole retroceder y casi caer. Me encaré a él cuando creí oir que preguntaba “why?” (¿por qué?) gritándole, en español, “¡porque me quiero ir de aquí!”, “¡me quiero ir de aquí!”. No podía decir otra cosa. Una voz femenina a mi lado dijo: “tranquila, tranquila”. Ni siquiera le miré. No quería tranquilizarme, no podía mientras no me hubiera asegurado un asiento en el autobús y la certeza de que dejaba atrás ese maldito pueblo. Dejé caer mis mochilas y fui directa a sentarme en la parte trasera, de donde no me moví en todo el trayecto. La chica española se sentó a mi lado para tratar de hablar conmigo, pero durante un rato no pude ni hablar. Con la cabeza entre mis manos solo trataba de calmarme y asimilar lo que acababa de ocurrir. Ni siquiera reaccioné cuando el recaudador se acercó a cobrarnos y Andy tuvo que darle todo nuestro dinero.

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Odisea en Vietnam

Por Espe a las 12:16 pm el Viernes, Marzo 23, 2007  
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