De ruta por Filipinas (continuación)
Coron
Saber dónde te encuentras en las Filipinas es en muchas ocasiones algo confuso. Durante el trayecto descubrimos que no nos dirigíamos a la isla de Coron, sino a la ciudad Coron situada en la isla Busuanga, al norte de la isla Coron. Este desajuste entre nombres de ciudades e islas parece ser frecuente.
La ciudad en sí no tiene nada especial a excepción de sus vehículos…
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…y del buceo.
En esta zona se encuentran los naufragios de una flota japonesa de la II Guerra Mundial, hundida por bombarderos americanos. Creo que en total son unos 12 navíos japoneses entre barcos de guerra y de cargamento. Sólo buceamos dos, ambos a 30 metros en su parte más profunda. Había buceado naufragios antes, pero nunca nada tan grande y con un peso tan importante en la Historia. Exploramos el interior de los barcos introduciéndonos por sus agujeros, la mayoría producto de las bombas. Si la visibilidad ya era escasa en el exterior, en el interior de los barcos las linternas eran imprescindibles. El ambiente sombrío y siniestro de los barcos y mi imaginación sobre lo que sucedió me provocaron escalofríos incluso a 30 grados de temperatura.
Además de los naufragios, existen en Coron otros sitios para bucear bastante peculiares que no quisimos perdernos. Uno era una especie de piscina natural en el interior de una cueva a la que se accedía buceando a través de una abertura en la roca. Una vez atravesado el pasadizo, emergimos en el interior de la cueva, llamada “La Catedral” por la forma de la roca sobre nuestras cabezas que recuerda a la bóveda de una catedral. El silencio y la calma que se respiraba en su interior también producían la sensación de encontrarse en el interior de una catedral.
La última inmersión la hicimos en un lago. El “Lago Barracuda” es el primero que buceo, llamado así porque al parecer hay un par de barracudas residentes. Nuestro guía nos dijo que él nunca había visto ninguna. Sumergirse en este lago es como estar en un mundo diferente. Los primeros metros desde la orilla están cubiertos por una capa de sedimento tan blanda que puedes introducir el brazo hasta el codo sin esfuerzo alguno. Después, el fondo desaparece abruptamente en la profundidad de manera que si miras hacia abajo solo hay oscuridad. Desde algún lugar de esa oscuridad nace una enorme roca, como una montaña en medio del lago que se eleva hasta la superficie. Nubes de agua a unos 40 grados emergen de las profundidades de la tierra aligeradas por la temperatura y navegan en la masa de agua fría. Estas masas de agua caliente se denominan termoclimas y tienen un color blanquecino que les da la apariencia de nube. A veces me situaba bocarriba debajo de alguna para mirar a la superficie a través de ella. La textura del termoclima distorsiona la visión de manera que pareces estar en otro planeta. Otras veces, cuando tenía frío, buceaba a través de alguna nube caliente con la cabeza por encima, en la masa de agua fría, y parte de mi cuerpo rodeada por ella.
Al final de la inmersión, poco antes de volver a este planeta, un par de barracudas aparecieron de la nada en frente de mí y nadaron en sentido opuesto pasando por mi lado, después al lado de Andy, que estaba detrás de mí, para acabar perdiéndosen de nuevo en la profundidad. Nuestro guía no las vió.
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Lo más complicado de nuestra estancia en Coron fue salir de allí. Después de mucho investigar y de incluso considerar la posibilidad de embarcarnos en un barco de cargamento, a falta de uno de pasajeros (el siguiente salía en una semana), decidimos que la mejor opción era volar. Nuestro siguiente destino era nuestro destino original, Cebu, y la única manera de llegar allí implicaba un vuelo a Manila y otro desde Manila a Cebu. La única pega es que tuvimos que pasar un día en Coron sin hacer nada pues después de bucear no podíamos volar en 24 horas, como ya sabéis los que buceáis.
Manila
Al aeropuerto de Coron, unos kilómetros a las afueras de la ciudad, se llega únicamente por un camino de tierra a través de bosque tropical en un jeepney multicolor puesto al servicio de los pasajeros por la compañía aérea.
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Al término de un viaje botando en el interior del jeepney, llegamos a un aeropuerto todavía en construcción, con trabajadores en plena faena donde deberían estar las pistas de aterrizaje y despegue. El desayuno lo tomamos en una rudimentaria caseta fuera de la habitación que hacía de terminal, junto a un par de pilotos recién aterrizados.
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Nuestro vuelo se retrasó un poco pero por lo demás fue sin novedad y en 45 minutos ya estábamos en Manila. Allí pasamos el resto del día, en la terminal de vuelos domésticos, a la espera de nuestro siguiente vuelo que se retrasó un par de horas. Llegamos a Cebu pasada la medianoche. Otro día entero viajando.
Cebu
Nuestro destino no era realmente Cebu sino una islita situada al sur llamada Malapascua. Así, todavía nos quedaba un trayecto en autobús desde la ciudad de Cebu hasta el sur de la isla y una travesía en banca, típico barco filipino (ver foto al final), hasta Malapascua.
Hasta la fecha, el viaje en autobús en Cebu se ha convertido en el más peligroso de mi vida.
Poco antes de que el autobús saliera de la estación, se nos acercó uno de los muchos chavales que se dedican a vender su mercancía, en este caso periódicos internacionales, a los pasajeros. Como no estábamos interesados en amargarnos el día enterándonos de lo que había pasado en el mundo, el chaval se sentó con nosotros a charlar un rato. De alguna manera, la conversación se volvió hacia el conductor, de quien nuestro informador dijo que era “muy buen conductor”, que “era pequeño pero fuerte” (lo de fuerte yo lo interpreté por sus gestos como “con genio” o, para ser más gráfica, “con un par bien puestos”) y que “era muy rápido”.
Poco tiempo después descubrimos lo que entienden los filipinos por conducir bien, una idea años luz de lo que para mí particularmente, y creo que para cualquiera con dos dedos de frente, eso significa. Cuando salimos de la estación a toda velocidad (sustituible por expresiones más groseras) para frenar bruscamente segundos después a pocos centímetros del coche parado enfrente, quedó más claro que el agua que estábamos en manos de un conductor pésimo. Lo que quedaba por venir solo corroboró esta afirmación.
Claramente, este conductor era la encarnación de la figura del macho bravío ensalzada en una sociedad machista como es la filipina.
Supongamos por un momento que la palabra carretera significa lo mismo en Filipinas que en Europa, que no tienen nada que ver con dos estrechos carriles mal asfaltados y sin arcenes, plagados de curvas, que atraviesan chabolas construidas al mismo borde de la carretera. Incluso si estas no fueran las características de las carreteras filipinas, conducir a alta velocidad, adelantando a todo vehículo o ser viviente que se interpusiera en su camino independientemente de que hubiera otro vehículo o ser viviente en el otro carril (aparentemente, tocar el claxon le daba derecho a ello), solo se puede definir como conducción temeraria. En el interior del autobús, los efectos de su manera de conducir se manifestaban en una total incapacidad de andar por el pasillo para cambiar de asiento, gente cayéndose de sus asientos, yo me ví en varias ocasiones lanzada por la fuerza centripeta de la curva hacia mi vecino del lado derecho del autobús, y movimentos de cuerpo adelante y atrás con las fuerzas de aceleración y desaceleración en cada frenada y arranque, no respectivamente. Los efectos en el exterior del autobús eran personas y vehículos más pequeños literalmente arrojándose a los lados de la carretera.
El temor por mi vida me levantó de mi asiento y me dirigió al conductor (en una parada, para no distraerle) al que le dije con el tono más contundente que pude “estás jugando con la vida de la gente, aminora la velocidad, si no me bajo en la próxima parada sin pagar”. Si me entendió, se avergonzó o se rió de mí, no puedo saberlo, pues se limitó a mirarme sin expresión ninguna. Durante una media hora se calmó un poco, solo para seguir después con su conducción suicida. Llegados a este punto, las venas de mi indignación ya estaban muy hinchadas, me volví a Andy y le dije “en la próxima parada me bajo”. El trayecto hasta la siguiente parada se me hizo el más largo de mi vida y mi pulso igualó el de la velocidad del autocar. Afortunadamente, llegados a un lugar en medio de ninguna parte (las paradas son cualquiera en la que alguien quiera bajarse), el conductor frenó y Andy y yo, con los bultos ya a cuestas, nos apeamos. El recaudador (aquí como en Vietnam necesitan dos personas, una para conducir y otra para cobrar) se quedó en las escaleras con la intención de cobrarnos el billete. Mi indignación era tal que me negué a pagarlo. Mi no fue rotundo y el recaudador, en una actitud machista, se dirigió a Andy, quien le respondió que era yo quien decidía. Le dije que el conductor había estado jugando con mi vida y que de ninguna manera iba a pagar por eso. Después de un rato, el recaudador desistió y el autobús se alejó dando tumbos.
Como he dicho, nos habíamos bajado en medio de ningún lugar, en el que solo había unas pocas casas rudimentarias aquí y allá. Andamos un poco en busca de una sombra donde esperar al siguiente autobús que pasara, sin idea de cúanto tendríamos que esperar.
Una familia se nos acercó, madre con bebé y abuelos, y nos hizo compañía hasta que nos subimos a otro autobús.
Los filipinos son muy curiosos y no tienen ningún reparo en hacer todo tipo de preguntas, algunas incluso muy personales. Por supuesto, quisieron saber de dónde éramos después de responderles que no, no éramos mexicanos (nos habían escuchado hablando español). El abuelo no entendía bien inglés, así que la hija le tuvo que traducir. En la traducción entendimos perfectamente la palabra “cano” mientras señalaba a Andy. “Cano” es corto para “americano” y es así como los filipinos se refieren a cualquier extranjero que hable inglés independientemente de su nacionalidad. Tan fuerte es la secuela que el gobierno americano dejó en la psicología filipina, que el resto del mundo más allá de sus fronteras es EEUU, y como mucho México (ahora que lo pienso, “cano” también les sirve para Mexicano). De poco sirven las protestas de los que como Andy les corrigen diciendo “…de América no, de Inglaterra…”. La respuesta más probable sería “¿no está eso en América?”.
Finalmente pasó un autobús y nos despedimos de nuestra simpática familia filipina.
El autobús estaba repleto de gente y bultos, lo cual es norma en Filipinas, así que no pudimos sentarnos y aún me pregunto cómo cupimos en el pasillo, lleno de las bolsas y maletas, e incluso animales, de los pasajeros.
Por fin, más de 5 horas después de nuestra salida de la estación de autobuses, llegamos al puerto donde nos embarcamos en una banca que llevaba un cargamento de agua mineral a Malapascua. Por supuesto nos intentaron timar (pretendían que pagásemos 10 veces más el precio del viaje) diciéndonos que éramos los únicos pasajeros (¡llevaban un cargamento de agua a la isla! ¿les habrían dejado sin agua por no tener pasajeros?). Ya nos sabíamos el cuento y les dijimos que no teníamos ninguna prisa, que podíamos esperar a otros pasajeros, así que pasamos un buen rato subidos a la banca, con capitán y tripulación sin hacer nada, mientras las garrafas de agua se calentaban al sol. Al final, el capitán cedió y nos propuso pagar sólo 10 pesos más de los 40 que valía el billete.
Al llegar a la playa vimos unas mesas a escasos metros de la orilla, pertenecientes a un hotel. Cansados por las aventuras del día y hambrientos, nos dejamos caer en las sillas, pedimos algo para comer y observamos a la tripulación de la banca descargar las garrafas de agua.
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Aún hay más…