Primeras experiencias con terremotos
En caso de que a alguien le haya llegado la noticia de que la pasada madrugada hubo un terremoto en Nueva Zelanda, concretamente en Queenstown, y se pregunta si estábamos allí, la respuesta es que sí, allí estábamos, temblando, petrificados, sin saber qué estaba ocurriendo.
Anoche volvimos a nuestro sitio en medio de un campo al lado del lago Wakatipu, a cuyas orillas se extiende la ciudad de Queenstown, después de asistir al segundo día del Festival de Jazz anual de esta ciudad. El ambiente y los músicos eran buenos y nos quedamos hasta el final, a eso de las 11 de la noche, sobrepasando nuestra hora de ir a dormir.
Después de aparcar la furgoneta y preparar la cama, caí rendida y a los pocos minutos ya estaba soñando, profundamente dormida. En mi sueño, en un alarde de falta de imaginación, conducíamos nuestra furgoneta, aunque se parecía más a nuestra Matilda de Australia que a la actual, aparcábamos en algún lugar al aire libre, eligiendo muy mal el lugar por cierto, que estaba en pendiente, y de repente la tierra empezaba a moverse bajo nosotros provocando que la furgoneta se moviera violentamente y comenzara a deslizarse pendiente abajo.
Me desperté sobresaltada, solo para comprobar estupefacta que la agitación de la furgoneta no había cesado en absoluto, es más, la violencia con que se movía de un lado a otro iba creciendo. Andy despertó segundos después y, en su confusión, gritó algo a “alguien” pensando que había una persona fuera agitando el vehículo. Cuando se dió cuenta de que esto, si no imposible, no era al menos probable, se reincorporó en la cama, quieto, confuso y en alarma, como yo, preguntándose qué podía estar pasando. Finalmente, el temblor cesó poco a poco y volvimos a tumbarnos, con una sensación de haber vivido algo irreal. Unos segundos después ví la luz y expresé mi descubrimiento en voz alta “¿no podría haber sido un terremoto?”, “¡claro!” dijo Andy “¡ha sido eso!”. Yo continué con mis conjeturas “si ha habido un temblor… lo más probable es que haya más, ¿hemos aparcado cerca de algún árbol?”. “No” dijo Andy “pero ese coche de ahí está al lado de un árbol, por eso creo que se están moviendo”. Efectivamente, se oía el motor de un coche en marcha.
Como para darme la razón, el suelo empezó a temblar de nuevo. Al principio era muy débil, tanto que cuando dije “¡ya viene otro!”, Andy exclamó ¡nooo, qué vaaa! pero el temblor fue creciendo y la furgoneta empezó a agitarse de nuevo. Este, sin embargo, no había sido tan fuerte como el anterior.
Si hubo más de los pequeños terremotos no lo sé, al menos no hasta que pasado un rato en vela, esperando nuevos temblores, finalmente me venció el sueño.
Esta mañana, hace tan solo unas pocas horas y estando en el mismo lugar desde el que escribo estas líneas, los temblores se han vuelto a repetir. No ha sido gran cosa; el suelo moviéndose bajo nuestros pies, las paredes temblando, el café haciendo ondas en la taza… y la gente interrumpiendo abruptamente lo que fuera que estuviera haciendo para mirarse los unos a los otros.
Por Internet he sabido que, el terremoto de la 1:29 de la madrugada ha tenido una intensidad de 6.8, con el epicentro a 103 km de Queenstown y a una profundidad de 25.4 km. El de esta mañana, 10:28 hora local, ha medido en la escala 6.0, a 95 km de Queenstown y a una profundidad de 38.6 km.
Mientras sean de menor intensidad, y por lo visto esto es lo normal en Nueva Zelanda, la experiencia es incluso divertida. Sin embargo, no deja de ser inquietante sentir cómo se revuelven las entrañas de nuestra Madre Tierra. Un terremoto de poca intensidad es suficiente para sentir el magnífico poder de la Naturaleza y la insignificancia del ser humano, enteramente a su merced.