De nuestros días en Fiyi

Por Espe a las 11:47 pm el Martes, Noviembre 27, 2007  

Cuando se viaja por el mundo durante un año con un presupuesto fijo, hay que echar mano de todos los trucos imaginables para ahorrar. Sobre todo cuando estás en el mes número once. He aquí uno: en trayectos largos de unas 8 horas o más, viajar por la noche permite ahorrar por partida doble, en dinero y en horas de luz.
El trayecto de Suva, en la isla Viti Levu, a la isla Taveuni iba a ser de unas 16 horas. Así pues, teníamos un día entero que matar en la capital antes de embarcar a las 7 de la tarde. Tiempo que empleamos en cuestiones prácticas y en deambular por dos mercados: el local de productos alimenticios y el de artesanía fiyiana para turistas.
En el primero curioseamos entre los puestos, sobre todo los que vendían la raíz para preparar Kava, tanto entera como en polvo, los medios cocos o bilos para beber y los pañuelos para preparar el brevaje.

En el segundo curioseamos entre las pequeñas tiendas vendiendo virtualmente lo mismo. No teníamos dinero para gastar en artesanía pero siempre es interesante echar un vistazo. La mayoría de los artefactos en venta eran figuras de decoración, cuencos y máscaras echas de madera. Pero lo que más me llamó la atención fueron unos utensilios, también de madera con bonitos tallados e incrustraciones de conchas de mar, parecidos a aquellos encontrados en cocinas, pero de proporciones demasiado grandes. Algunos eran armas y otros eran, en efecto, utensilios de cocina… ¡para comer personas! Recuerdos decorativos del pasado canibalismo en las Fiyi. El simpático tendero nos fue explicando para qué servía cada uno y nos tranquilizó con una sonrisa: “ahora somos pacíficos, no nos comemos a nadie.” “¡Menos mal! pensé mientras observaba el tenedor gigante especial para comer sesos humanos.

Una vez llegamos a Taveuni, por si no habíamos tenido suficientes horas de viaje, nos subimos a un destartalado autobús para llegar al pueblo más alejado de la isla: Lavena.
Todo viajero que llega a este remoto lugar, no se va sin hacer el paseo por la costa hasta unas cascadas donde te puedes dar un baño y, si eres un poco atrevido, deslizarte por la cascada pequeña como en un tobogán y, si eres más atrevido todavía, saltar desde la cascada grande, a una altura de 13 metros.
Andy, Natalie y yo éramos las únicas personas en las cascadas, así que nos dimos un baño y, como no sabíamos como funcionaban las “atracciones acuáticas”, salimos del agua sin probarlas. Pocos minutos después apareció Simone, un simpático guía fiyiano que habíamos conocido el día anterior en el hostal, con su grupo de turistas del día. Aprovechando la ocasión, Natalie se fue con ellos para jugar en las cascadas. Andy y yo, perezosos de volver al agua (el día estaba nublado y teníamos frío) nos quedamos observando en las rocas. Poco después veíamos a Simone saltando desde la cascada grande. Después de algunos saltos más de Simone, nos dimos cuenta que había alguien más arriba, como considerando si lanzarse o no, una figura conocida… ¡Natalie! Finalmente saltó y Andy se las arregló para tomarle una foto en pleno vuelo.
Después se desencadenó una tormenta tropical y tuvimos que volver al pueblo bajo un manto de agua.

Dos horas de trayecto a lo largo de la costa en otro destartalado autobús lleno de locales (me pasé el viaje hablando con un fiyiano que chapurreaba algunas frases en español), nos devolvió a la ciudad en la que habíamos desembarcado, Somosomo, el centro económico de la isla. Allí volvimos a bucear y celebramos Diwali con los locales. Diwali es la fiesta de la luz, la festividad religiosa más importante en India y en las comunidades indias fuera de su país de origen.
La población en las islas está compuesta principalmente por fiyianos nativos e indo-fiyianos. La presencia de indios en Fiyi se remonta a la época colonial británica cuando un gran número de indios fueron transportados a Fiyi para trabajar en los campos de azúcar.
Aunque solo la población indo-fiyiana celebra Diwali, el 9 de noviembre es fiesta nacional en todo el país. Esperábamos entender un poco más el significado de Diwali participando en la festividad tanto como nuestra condición de turistas nos permitiera. Resultó que, como nos dijo el dueño de la casa de huéspedes donde nos alojábamos, las celebraciones tenían lugar en la intimidad familiar. Así, sin entender el real significado de lo que estábamos celebrando, nos limitamos a unirnos a la diversión de los fuegos artificiales por la noche. Antes de dirigirnos al centro de la ciudad, nuestro anfitrión de la casa de huéspedes nos dió una grata sorpresa invitándonos a tomar algunos dulces y comida típica que preparan en este día tan especial para ellos.

En el pueblo, la calle principal estaba tomada por los niños, bien provistos de petardos, bengalas y fuegos artificiales variados. A veces, con dos bandos a ambos lados de la calle lanzando cohetes al lado contrario, parecía que estaban en medio de una batalla. Nosotros, provistos de nuestro propio arsenal, nos divertimos como niños aunque manipulando nuestro armamento más temerosamente que los chavales locales.

Nuestro último día en la isla Taveuni lo dedicamos a dos atracciones que no podíamos perdernos: un tobogán natural en unas cascadas y la línea internacional del cambio de fecha.

Las cascadas constituían una serie de caídas de poca altura de manera que una sección formaba un tobogán natural. La guía advertía de la peligrosidad de lanzarse por el tobogán después de abundante lluvia, por lo que recomendaba esperar a ver qué hacían los locales. Cuando llegamos no había nadie pero, poco a poco, a veces sin saber de donde habían salido, el lugar se fue llenando de chavales. Pronto empezó la diversión y, para nuestra sorpresa, observamos cómo se deslizaban por las rocas de pie, como si lo hicieran en un monopatín. Otra de sus diversiones consistía en saltar desde unas rocas a la piscina formada al final de la sección que sirve de tobogán.
La facilidad y seguridad con la que los niños se movían por las rocas resbaladizas, entre otras cosas, era increíble. Para ellos, que crecen en estrecha relación con la naturaleza, integrados con su entorno, esto es lo normal. Cuando observan al tembloroso e inseguro occidental fuera de sus calles asfaltadas, en su expresión se advierte una mezcla de incredulidad y diversión.
Por supuesto, nosotros probamos el tobogán al estilo occidental, deslizándonos con el trasero y ayudándonos con las manos. Pura diversión, mejor que un parque acuático y además gratis. El único precio a pagar es alguna que otra moradura aunque me parece que solo pagan los turistas.

La segunda atracción era la línea del cambio de fecha, la cual solo existe en mundos redondos como el nuestro. Si uno se queda entre las dos líneas que delimitan una franja horaria, no debe preocuparse mucho de las consecuencias de la ambición humana por aprehender el tiempo. Pero cuando uno cruza las líneas… empiezan a pasar cosas raras.
En mi caso, no deja de fascinarme el hecho de que a lo largo de nuestro viaje hemos ido perdiendo horas por el camino, como por arte de magia. Una especie de peaje a pagar cada vez que cruzamos una línea, reembolsable a mitad de trayecto, como premio a haber llegado hasta allí. Esta mitad de camino se encuentra exactamente en un lugar de la isla Taveuni, partiéndola en dos trozos de tierra situadas en dos días diferentes. Un trozo vive en el ayer y otro en el mañana, desde el punto de vista del trozo de al lado. Y si te pones en medio, a pesar de esta discontinuidad espacio-temporal, milagrosamente no te desintegras. El lugar en que está marcado el cambio de día no es más que un mapa de la isla partido en dos en medio de un campo, con una iglesia en frente (donde seguro celebran el servicio en días diferentes).
La foto delante del mapa es inevitable.

Ahora bien, oficialmente y por cuestiones prácticas obvias, la línea divisoria del tiempo esquiva Fiyi, y algunas islas más, pasando únicamente por el océano.

De vuelta en la isla grande, Viti Levu, solo nos quedaba una semana de estancia en Fiyi antes de volar a las islas Cook. No tuvimos que pensar mucho en cómo ocuparla; antes de llegar a Fiyi habíamos incluido en nuestros planes una actividad, quizás la única planeada en todo el viaje: bucear con tiburones. Esto lo dejamos para el final. Antes nos fuimos a una islita paradisíaca donde los únicos habitantes son los fiyianos que se encargan del único alojamiento en la isla y cuya costa se puede andar en 15 minuto, llamada Caqalai.

En Caqalai pasamos tres días relajados haciendo snorkeling (buceo con tubo) y conociendo a otros viajeros, gente de Inglaterra, Canadá, Alemania, Holanda y Suecia (de todos estos países había al menos un par mientras, una vez más, yo conformaba la minoría española compuesta por un individuo).
En una isla pequeña, prácticamente desierta, donde todos compartimos casa y mesa, las relaciones sociales se estrechan en menos tiempo y uno no tarda en sentirse parte de una especie de familia de “Robinsones”. Si hubiéramos llegado antes, habríamos participado en la construcción de una barca estilo Robinson Crusoe en la que un grupo de “náufragos” anglo-germano-canadiense más veterano había estado trabajando durante dos días. Llegamos a tiempo para verlos partir… y prácticamente hundirse.

Los fiyianos que viven en la isla eran un grupo de gente feliz, con un estilo de vida sencillo y libre de las presiones del mundo moderno. La música forma parte de su vida cotidiana, otro ingrediente de felicidad.
A nuestra llegada, mientras nos aproximábamos a la isla en una barquita, en la playa nos recibía un dúo de guitarra y voz. Cada noche mientras cenábamos, un grupo tocaba y cantaba. Y el día que nos fuimos, nos despidieron con su música… y una flor.
Las flores también son importantes en la vida fiyiana. Las hay por todas partes, de las más exóticas formas y colores, tanto como para no poder resistirse incorporarla al atuendo diario y dotarlas de simbolismo. Una flor en la oreja izquierda de un fiyiano, hombre o mujer, significa que está comprometido o casado. La flor en la oreja derecha grita soltero y sin compromiso.

Nuestra última noche en la isla, en lugar de las canciones y ceremonia de Kava (que en Caqalai nuestros anfitriones celebraban de manera más formal) habituales, nos propusieron unos juegos. El primero era el conocido mundialmente del corro de sillas alrededor del cual los participantes bailan al son de una música que para de vez en cuando, momento en que has de sentarte inmediatamente para no quedarte sin silla. Andy lo hizo bien, lo eliminaron cuando solo quedaban tres participantes. Pero yo lo hice mejor: gané y como premio me llevé una cerveza de Fiyi.
En el segundo juego debíamos bailar en pareja y quedarnos quietos como estatuas al parar la música. Si el juez veía a alguien moverse, eliminaba a esa pareja. Esta vez no lo hicimos tan bien; Andy y yo fuimos la segunda pareja eliminada.

En Pacific Harbour, el buceo más popular es una inmersión doble en que bajas al fondo, en la primera hasta unos 26 metros y en la segunda hasta 18, y te quedas quietecito detrás de una cuerda mientras unos fiyianos alimentan a los tiburones y otros peces grandes que se acerquen por allí.
La cosa consiste en lo siguiente: el buceador que los alimenta baja con un contenedor lleno de cabezas y restos de peces muertos y se sitúa delante de la cuerda, un grupo de buceadores-guardianes toma posiciones a los lados, cerca de la cuerda, y por encima de las cabezas de los turistas, empuñando una especie de pinchos por si hay que espantar a algún tiburón, y los buceadores-mirones (nosotros, en total unas 25 personas) se quedan detrás de la cuerda mirando, tomando fotos o grabando vídeos, o todo a la vez.

La primera inmersión fue desconcertante y algo decepcionante para mi. Lo primero porque tan pronto el buceador abre el contenedor, lo rodea tal número de peces de todos los tamaños que es casi imposible distinguirlos, tan solo se ve un frenesí de formas nadando alrededor del buceador que los alimenta. Lo segundo porque, si yo pensaba que iba a estar lleno de tiburones de varias especies, tuve que conformarme con uno solo: un nurse shark (traducido literalmente tiburón enfermera.)
La segunda inmersión fue mejor, contradictoriamente pues suponía que había más tiburones a mayor profundidad. Estábamos mejor situados y hubo más tiburones de diferentes especies, entre ellos el lemon shark (tiburón limón) de la foto.

Las estrellas de la inmersión es el tiger shark (tiburón tigre) y el bull shark (tiburón toro), porque son los más grandes, más raros de ver y supuestamente los más peligrosos de los que habitan esas aguas. Aunque nos habían advertido que no era la temporada, por lo visto hubo un grupo de seis tiburones toro al final de nuestra segunda inmersión, cuando ya subíamos, que ¡no vi! Para mi consuelo (de tontos) ni Andy ni Natalie los vieron tampoco.
En la tienda de buceo vendían una curiosa camiseta que bien pudiera haber sido el recuerdo de esta última imagen de un grupo de bull sharks detrás de los buceadores emergentes. El dibujo representaba un buceador-torero sujetando una capa roja enfrente de un tiburón toro y alrededor una frase decía: “I survived the bull shark run” (”He sobrevivido el encierro del tiburón toro.”)

Aunque haya mencionado que los tiger shark y los bull shark son los más peligrosos, lo cierto es que ningún tiburón ataca al ser humano deliberadamente. Si lo hacen es normalmente por equivocación o por provocación. El lemon shark de la foto pasó varias veces a menos de un metro delante de nosotros sin que mostrara el más mínimo interés pero si algún buceador hubiera estirado el brazo para acercar su cámara, por ejemplo, bien hubiera podido captar su atención y acabar sin cámara y sin brazo. Para el tiburón un brazo alargado significa que le están dando de comer.

Esta visita al fondo del océano Pacífico fue la guinda final a nuestra estancia en Fiyi, esas gotitas de tierra tan acogedoras.

Guardado en: General Deja un mensaje »

Bienvenidas a Fiyi

Por Espe a las 5:27 am el Sábado, Noviembre 17, 2007  
Guardado en: General Deja un mensaje »
Entradas siguientes »