Adiós a Matilda

Prometí contar el final feliz de nuestro viaje por Australia…

La verdad es que las últimas dos semanas en Sydney han sido las más estresantes que hemos tenido desde que comenzamos el viaje.
Después de una parada obligada de tres días en Melbourne para arreglar los achaques de Matilda, llegamos a Sydney en un día y medio. Allí, nuestro primer destino fue el “Kings Cross Car Market” (Mercado de Coches de Kings Cross). Este mercado está situado en un párking y es el centro de compra-venta de coches y furgonetas para los mochileros. Ya hablaré más adelante de este lugar. En la oficina nos explicaron como funciona si quieres vender tu vehículo. Lo primero, llevarlo a un mecánico para pasar un test de seguridad. Si lo pasa, las probabilidades de venderlo rápido y a buen precio se multiplican. Si no… puede ser el principio de una pesadilla y una larga estancia en el infierno (el Mercado de Kings Cross).

Matilda no lo pasó, lo cual no fue una sorpresa. Perdía aceite, la luna delantera tenía una fractura y los frenos “no eran seguros”. Estos solo eran los fallos gordos.
Si no pasas el test, no tienes el “pink slip” (el papel rosa), que le da más valor a tu coche porque básicamente dice que es seguro de conducir. Por tanto solo podíamos hacer una cosa; ir a por el “pink slip” como fuera. Y así es como empezaron nuestras dos semanas de total dedicación a Matilda: arreglamos los frenos, cambiamos la luna y, como la pérdida de aceite no era en realidad un problema grave (solo manchaba un poco la caja de cambios tras conducir), Andy limpió el aceite antes de volver al mecánico para una nueva revisión rosa.
Aunque lo que nos llevó más tiempo, al menos a mí ya que era la parte en la que podía meter mano, fue pulirla y limpiarla. Tiempo y muchas calorías quemadas. Si habéis pulido vuestro coche alguna vez, ya sabéis a lo que me refiero, si no, puede que hayáis visto la escena de la película “Karate Kid”, en la que el chaval aspirante a karateka aprende a parar golpes de kárate a base de pulir el coche de su maestro. Pues más o menos lo mismo, solo que al final mi capacidad para parar golpes de kárate seguía siendo igual de nula.

Toda esta puesta a punto nos llevó alrededor de una semana y, en cuanto conseguimos nuestro papelito rosa (que en realidad era blanco), volvimos al “Kings Cross Car Market” con una furgoneta reparada y brillante.

El Mercado está en la segunda planta, semisótano, de un párking de cinco plantas. Es un lugar frío y oscuro donde se alinean coches, furgonetas y mochileros.
Los vehículos presentan en la parte delantera un surtido variado de papeles: los propios del mercado, con el precio, las características, etc.; los del mecánico, incluyendo el “pink slip” si eres afortunado; y los que hayas diseñado tú para vender tu coche, relatando lo ideal que es tu vehículo para dar vueltas por Australia. A los alrededores se despliega toda una serie de extras: tiendas de campaña, sillas, mesas, guías, mapas, tablas de surf y toda clase de objetos de casa cuyo número es directamente proporcional al tiempo que ha estado el mochilero de viaje. En algunos casos cuesta creer que tanto trasto, suficiente para equipar una casa de unos 40 metros cuadrados, pueda caber en un espacio tan reducido.

Los mochileros de larga estancia se sientan en las cercanías de su vehículo, con caras sombrías, pálidos y con ojeras, arropados con chaquetas y jerséis de lana mientras fuera el sol brilla a unos 27 grados. Están tan instalados que se mueven con total naturalidad por el lugar, como en casa. Las mesas llenas de comida y toda clase de bebidas, sillas en corro, libros y revistas para matar el tiempo y hasta instrumentos musicales. Algunos charlan con los vecinos, otros atienden a posibles compradores (si eres nuevo y te acercas a curiosear, se les ilumina la cara hasta que
descubren que no eres un comprador potencial), otros toman café o té y leen (esto suele ir unido), otros tocan la guitarra y otros simplemente están aburridos de hacer todo esto.

Las paredes del Mercado son testigo silencioso del tedioso transcurrir de los días del mochilero y algo así como un muro de las lamentaciones donde algunos encuentran desahogo, sobre todo cuando consiguen por fin, después de varios días o semanas viviendo en el frío aparcamiento, vender su trasto sobre ruedas.

Nuestro primer día en el mercado fue corto. Llegamos a eso de mediodía y a los cinco minutos ya teníamos una pareja interesada en comprar. Por desgracia, su presupuesto era muy inferior a nuestro precio. En la siguiente hora, hubo más gente mirando y lanzando sus ofertas. Y después, nada.
El segundo día, la furgoneta pasó la mañana en el mecánico y la tarde en el Mercado con Andy. Hubo más gente interesada, en concreto un grupo de tres chicas inglesas con las que quedamos al día siguiente para que la probasen.
Así, el tercer día, las chicas inglesas aparecieron con un amigo que era mecánico y salieron para conducirla. Después lanzaron su oferta: demasiado baja.
Poquísimo tiempo tras despedirnos de las chicas inglesas, apareció otra pareja, también inglesa, y les enseñamos la furgoneta. Hicieron sus preguntas y se fueron. Unos 15 minutos después regresaron; querían probarla. A la vuelta, tras algunas preguntas más, se fueron a pensárselo. Habrían pasado unos diez minutos cuando volvieron para que les dejásemos los papeles del coche (“pink slip”): querían pedir consejo al personal del Mercado. Una vez aconsejados, volvieron para negociar: la compraban si arreglábamos el pequeño escape de aceite. Aceptamos, los chicos se dieron la mano para cerrar el trato y nos dejaron un depósito.

¡Bien! Habíamos vendido al tercer día y ni siquiera habíamos pasado un día completo en el Mercado. No nos dió tiempo a odiarlo.
Sin pensárnoslo dos veces, nos fuimos a la oficina de la compañía aérea donde debíamos recuperar nuestros vuelos. Explicamos a la chica lo que había pasado y después, para probar suerte, preguntamos si nos podían reservar también el vuelo de Sydney a Christchurch (el que habíamos perdido por no saber en qué día vivimos…) Tecleó en su ordenador y sin más preguntas nos dijo que había un vuelo el martes por la mañana ¿lo queríamos? ¡lo queríamos! desde luego era nuestro día de suerte.
Pero nuestra suerte terminó antes de que acabara el día. Cuando llamamos al mecánico que nos había dado el papelito rosa (en el que ya cofiábamos plenamente), nos dijo que estaba hasta arriba de trabajo y que le era imposible si quiera echarle un vistazo.
Situación: estábamos a viernes, el martes por la mañana teníamos un vuelo a Nueva Zelanda reinstaurado por el morro y el lunes debíamos entregar una furgoneta a la que no se le debía escapar una gota de aceite… y no teníamos mecánico.
Con la suerte de nuevo de nuestro lado, el sábado por la mañana encontramos un mecánico que podía hacer el trabajo el lunes, recogimos la furgoneta el mismo lunes, se la entregamos a sus nuevos dueños, confirmamos nuestros vuelos a las islas Cook (en la oficina nos habían dicho que la compañía aérea había dejado de volar a esas islas), hicimos nuestras maletas y nos fuimos a dormir con un peso menos encima. Por fin éramos libres para volar a Nueva Zelanda.

A la mañana siguiente temprano me encontraba en el aeropuerto de Sydney por segunda vez, en esta ocasión para despedirme del país, sin duda otro en la lista de los que me gustaría volver a visitar.

Diarios de Matilda (II)

Byron Bay – Hervey Bay
día 6 a día 11

Nuestro siguiente destino era un lugar llamado Hervey Bay donde teníamos dos objetivos: visitar la única isla en el mundo cuyo suelo está compuesto únicamente de arena y salir en barco en busca de ballenas jorobadas.

La isla en cuestión se llama Fraser Island. Para ver este prodigio de la naturaleza contratamos un tour de dos días en una agencia de viajes. Solo hay una manera de moverse por una isla enteramente de arena y es en un vehículo 4×4. Como Matilda no cumplía este requisito, nuestras opciones eran, bien alquilar un todoterreno con otras 8 personas y movernos por la isla de forma independiente o bien apuntarnos a un viaje organizado y con guía. Nos pareció que ponerse de acuerdo con otras 8 personas podía ser un tanto peliagudo si no peligroso en caso de dar con algún aspirante a piloto de rallys, así que decidimos sacrificar nuestra independencia y optamos por lo segundo. Esto fue un acierto, pues con guía aprendimos mucho más sobre la isla aparte de dormir en una habitación de hotel en lugar de en una tienda de campaña. No es que de repente me volviese quisquillosa sino que se dio la circunstancia de encontrarnos en la isla los mismos días en que los termómetros marcaron una temperatura mínima que no se había dado en los últimos 10 años. Además, nuestro guía, aparte de saberlo todo sobre el lugar, era la mar de divertido.

Geológicamente, Fraser Island es una maravilla, un milagro de la naturaleza que se ha formado gracias a una combinación de varias circunstancias. A saber, unas rocas estratégicamente situadas, unas caprichosas corrientes marinas, un poco de viento, algunas olas y cambios periódicos en la temperatura terrestre. Todas estas fuerzas naturales trabajando diligentemente durante cientos de miles de años, han dado como resultado Fraser Island.
Así es como sucedió, a grandes rasgos:
Aunque he dicho que está formada únicamente de arena, esto no es del todo cierto. En la isla existe un terreno de origen volcánico que se formó hace millones de años. Al parecer, el viento, las olas y las corrientes se encargaron de arrastrar arena desde la costa este del continente en zigzag, formando así una hilera de islas arenosas a lo largo de la costa. La mayor de estas islas es Fraser Island, donde la arena se topaba con las rocas volcánicas, acumulándose y creciendo con el paso del tiempo. Hoy, la colina de origen volcánico, llamada Indian Heads, se levanta en un extremo de la isla y la arena se extiende hasta el otro extremo, 123 kilómetros al sur. Por supuesto, Fraser Island está incluida en la Lista del Patrimonio Mundial.

Durante dos días visitamos los lugares más interesantes de la isla en un autobús, vimos cómo otros turistas se quedaban atrapados en la arena con sus 4×4 y comimos a cuerpo de rey en el bufé libre del hotel. Aprendimos de nuestro guía desde la flora y fauna que la habita hasta historias sobre los aborígenes que allí vivían y los primeros hombres blancos que la pisaron, un tal Capitán Fraser y los supervivientes de su tripulación después de que su barco naufragara.

Si alguna vez os habéis preguntado si puede crecer vegetación en la arena, Fraser Island es la respuesta afirmativa. No solo crece sino que es tan variada que en la isla conviven hasta cinco tipos de bosque distintos, incluyendo bosque tropical. ¿Cómo lo hace? Explicado de una manera sencilla, la vegetación que muere y es cubierta por la arena forma un estrato de materia que sirve de nutrientes a la vegetación superior. Digamos que el suelo es una sucesión de capas de vegetación muerta y capas de arena.

El animal más famoso de la isla es el dingo, un perro salvaje del que nos advirtieron tuviésemos cuidado ya que se han conocido agresiones a turistas y asaltos a campamentos en busca de comida. No vimos ninguno.
Otra cosa que tiene Fraser Island son lagos de agua cristalina. Uno de ellos está desapareciendo poco a poco, devorado por una gran masa de arena que le va ganando terreno, aunque todavía tiene que pasar mucho tiempo hasta que venza. Otro, el McKenzie, es como la literatura y las películas dicen que deberían ser los lagos: un lago azulísimo de agua tan clara que puedes ver la arena del fondo en detalle. Nuestro guía recalcó que tiene la propiedad de rejuvenecer y dejar la piel tan lisa como la de un bebé, haciendo que el baño fuese casi obligado. Considerando la temperatura del agua, muy pocos grados sobre cero, y el frío que hacía fuera de ella junto a mi sospecha de que después de mi baño iba a ser unos minutos más vieja, decidí quedarme en la orilla.

En una ocasión, cuando ya éstabamos todos en el autobús preparados para otra excursión, subió un chico joven y nos pidió que le prestáramos atención unos minutos. Era un piloto de avioneta en busca de clientes. Ofrecía una vuelta por el aire, para mostrarnos la isla a vista de pájaro. Poco a poco, a medida que hablaba de lo único de la experiencia, algunas manos se fueron alzando. Andy y yo nos miramos con cara de ¿deberíamos?. Cuando nos decidimos sólo quedaban dos asientos libres. Con nosotros completaron dos avionetas que despegaron y aterrizaron desde la autopista de la isla, es decir, la playa de 120 kilómetros. La más larga del mundo, por si no lo había dicho.

Desde el aire la vista era impresionante. En el mar, lo primero que vimos fueron unas sombras moviéndose bajo el agua: tiburones. Entendimos entonces la prohibición de bañarse en las playa de Fraser Island. También vimos con gran claridad una manta pero la atracción principal eran las ballenas jorobadas, de las que ninguno de los pasajeros vió ninguna excepto yo: eran dos, la madre y su cría. Para cuando me volví entusiasmada hacia Andy a comunicarle mi avistamiento, el avión ya las había sobrevolado y se alejaba en sentido contrario. Desde nuestros asientos en la parte de detrás intentamos avisar al piloto para que volviera pero el ruido se ahogó nuestros gritos.

Como digo, el avistamiento de ballenas jorobadas es una atracción turística y un gran negocio pero sin duda las que salen ganando son las ballenas. Los turistas quieren ver las ballenas vivas así que, si se gana dinero enseñando las ballenas necesariamente su caza decrece. En Australia, la caza de ballenas es ilegal, de todas formas, pero en sus migraciones pasan por otras aguas en las que no lo es.

De vuelta en Hervey Bay, salimos precisamente en uno de los muchísimos barcos que se dedican a la búsqueda de ballenas. La bahía es un lugar privilegiado para este propósito, pues en su larga travesía es aquí donde las ballenas deciden parar para descansar y aparearse. Los folletos mostraban ballenas a centímetros de los barcos y saltando sobre el agua, de manera que la gente casi las podían tocar. El primer día de la temporada, la realidad no pudo estar más lejos de estas imágenes. Nos pasamos la mayor parte del tiempo intentando mantener el equilibrio en un mar revuelto y esperando a que alguien gritara: whale! Al final vimos una o más bien parte de ella: la joroba o aleta dorsal que asoma cuando nadan y de vez en cuando la cola. Nada de saltos y piruetas. Con todo, la visión de una ballena en su hábitat es una maravilla. Más aún, los delfines consiguieron que el billete valiera enteramente la pena. A estos no había que buscarlos, ¡fueron ellos los que nos encontraron! En cierto momento vimos delfines a lo lejos, saltando y nadando. Poco después, aunque no creo que fueran los mismos, ¡teníamos delfines nadando en la proa del barco! Cerca de nosotros había otro barco y los delfines pasaban alegremente de uno a otro, para nadar delante de nosotros, como queriendo llamar la atención. Si ya me caían simpáticos, después de esta demostración aumentó mi simpatía por ellos.

Diarios de Matilda (I)

Sydney – Byron Bay
día 1 a día 5

Y salimos de Sydney con nuestra furgoneta Matilda…

Matilda tenía todo lo que necesitábamos: una cama, convertida en sillones durante el día; una mesa de quita y pón; una pequeña cocina con parrilla; una pila para fregar, con un “grifo” que funcionaba bombeando el agua con una mano; un pequeño frigorífico con un minúsculo congelador; reducidos armarios para meter nuestras cosas, los cacharros de cocina y la comida; y el “pop top”, un techo que se sube y se baja dependiendo de si estás en la modalidad de casa o de vehículo. En definitiva, una casa sobre ruedas, pequeña, lo que los anuncios inmobiliarios llamarían “acogedora”, pero suficiente para dos meses.
En cuanto a dónde aparcar la casita por las noches para dormir, Australia te lo pone fácil: en todos los Estados, a lo largo de todas las autopistas y carreteras, encuentras áreas de descanso para aparcar gratis y pasar la noche. Algunas no son más que un aparcamiento donde puedes descansar tranquilamente sin miedo a que te multen por quedarte a dormir por la noche, otras tienen facilidades como cuartos de baño, a veces con duchas, agua potable, mesas de picnic y hasta ¡barbacoas! Otros, además, se encuentran en lugares con vistas tan atractivas como playas o el desierto, generalmente los que estaban un poco apartados de las carreteras. A veces valía la pena desviarse un poquito del camino.
Toda esta información, junto con mapas, la teníamos en una popular guía llamada “Camps 3″, muy recomendable para viajar por Australia de esta manera. Estábamos bien preparados.

Al caer la noche, paramos en una de estas áreas, al lado de la autopista. Al cabo de un rato intentamos arrancar la furgoneta, no recuerdo por qué motivo, y Matilda se negó. Nuestro pensamiento fue: primera noche y ya hemos averiado… Por suerte, solo se trataba de una batería descargada. Suerte porque disponíamos de una nueva que habíamos comprado antes de salir. Andy se puso manos a la obra y después de instalarla nos fuimos a dormir, no sin antes comprobar que la cosa funcionaba a pesar de la oxidación de no sé qué cables.

Nuestra primera parada para hacer algo más que dormir o comer era Byron Bay, un lugar al parecer idóneo para ver ballenas jorobadas y delfines.
No es que en el camino entre Sydney y Byron Bay no hubiese nada que ver, es que… ¿os había dicho que Australia es grande? ¡pues es enorme!, así que si queríamos estar de vuelta en Sydney en dos meses, después de llegar tan lejos como Darwin al norte, debíamos hacer una selección cuidadosa y reducida de los lugares en los que parar. No teníamos una ruta inflexiblemente marcada pero sí una idea a grandes rasgos, basada principalmente en las recomendaciones de Garreth.

De camino a Byron Bay ví las olas más grandes que he visto en mi vida y entendí por qué el surf es tan popular aquí.
Por desgracia también ví algo bastante desagradable: multitud de canguros muertos por atropellamiento en la carretera. Me lamenté de haber visto antes un canguro muerto que vivo. Estaba en un error, no de que el primero estuviese vivo sino de que lo que estaba viendo fueran canguros. Los canguros son animales enormes que llegan a medir hasta dos metros, estos eran más pequeños y por tanto ya no son canguros sino wallabies pero no lo supe hasta mucho después. Aparte de por el tamaño, no sabría distinguir entre un canguro y un wallabie, pues son básicamente iguales. Por otra parte, tampoco hay tiempo para descubrir las “siete diferencias” en el segundo que dura la visión de uno de estos animales, si es que tienes la suerte de encontrarte con alguno vivo. Por cierto, pasó mucho tiempo antes de que viésemos un wallabie erguido sobre sus dos patas traseras, mirándonos desde un lado de la carretera durante un instante para salir saltando después campo a través, en lugar de tendido sobre el asfalto y cubierto de aves rapaces.

Llegamos a Byron Bay por la mañana temprano y nos dirigimos directamente al faro, desde donde, si teníamos suerte, podríamos ver ballenas jorobadas o delfines o, con un poco más de suerte, incluso los dos.
Tuvimos muchíiisima suerte. No habían pasado ni 15 minutos cuando vimos en la lejanía unas masas de agua levantándose hacia arriba: ¡era una ballena saltando! y por lo visto se lo estaba pasando genial porque no paraba. Por desgracia, todo lo que pudo registrar mi cámara compacta digital fue un punto blanco, así que os remito a la foto de Andy que sirve más que nada como prueba.

Después, paseando por la bahía nos deleitamos con varios grupos de ¡delfines haciendo surf en las olas! Los delfines nadan mucho más cerca de la costa que las ballenas, así que pude obtener mejores fotos (aunque no como las de Andy pero que quede claro que él tiene una réflex con un objetivo de 300mm).

La fauna de Australia es increíblemente diversa y única. Hay animales que solo existen en este país. Además, tiene visitantes como las ballenas jorobadas. Estas ballenas viven en aguas del Antártico (y Ártico en el hemisferio norte) donde se alimentan. Cada año en invierno, sin embargo, se trasladan hacia el norte a aguas más cálidas, nadando miles de kilómetros para reproducirse y criar a los ballenatos. Con la llegada del verano, las ballenas vuelven al Antártico para alimentarse. Por tanto, estos movimientos migratorios tienen lugar dos veces al año, en sentidos opuestos. Estábamos al comienzo de la temporada de la huida del frío Antártico.
Los delfines, al contrario, están por la zona a lo largo de todo el año.

A parte de ballenas y delfines, Byron Bay tiene unas casas impresionantes. Por lo visto, este es el lugar donde construirse una casa de verano si te toca la lotería. Como habíamos cumplido lo que habíamos venido a hacer y seguíamos igual de pobres, nos dimos una vuelta por el barrio más lujoso, elegimos cada uno la casa que más nos gustó y proseguimos nuestro viaje.

En estos momentos…

Aunque virtualmente acabo de dejar Filipinas, la realidad es que estoy a punto de poner fin a mis andanzas por Australia. Si todo va bien, dentro de una semana llegaremos a Sydney, venderemos nuestra querida Matilda (la furgo) y en otra semana más estaremos subidos a un avión de camino a Nueva Zelanda.
Digo si todo va bien porque tenemos un pequeño problemilla. En nuestra planificación del viaje habíamos subestimado Australia. ¿Dos meses? ¡Pero si es un continente entero! Mejor retrasamos nuestro vuelo del 8 de septiembre al… ¡15! (no reírse, tampoco podemos estirarlo más, que aún quedan algunas islas en el Pacífico y el país de los canos) Esa era la idea, solo que de alguna manera las letras y dígitos de nuestros billetes se habían reorganizado en rebelión para formar la fecha 27 de agosto. ¡Y nos dimos cuenta tres días después! Resumiendo, que perdimos nuestro vuelo. ¿Y ahora qué? Llamar a la compañía aérea, New Zealand Airlines, a ver si se apiadan de nosotros y nos meten en otro vuelo. Ilusos. No solo habíamos perdido ese vuelo sino que además, como no habíamos hecho uso de nuestro billete, pensaron que ¡para qué van a necesitar los demás! y cancelaron el resto de vuelos que teníamos con ellos. De repente, el único avión asegurado era el de vuelta, de San Francisco a Londres. Como no teníamos ganas de hacer el Pacífico a nado, seguimos llamando a otras puertas. Esta vez a la agencia a la que compramos el “billete de la vuelta al mundo.” STA travels son increínblemente eficientes por mail. Nos respondieron el mismo día que enviamos nuestro mensaje de socorro (de hecho, podían habernos respondido antes de recibir nuestro correo, trucos de la diferencia horaria. No deja de maravillarme las consecuencias derivadas de que a alguien se le ocurriera dividir el mundo en gajos temporales ¿me pregunto qué pasaría si la Tierra fuera plana?). En fin, no quiero mantener más el suspense: contestaron que ya habían hablado con la compañía aérea y sólo teníamos que ir a una de sus oficinas a restablecer nuestros vuelos. No mencionaron nada del primero pero, aunque está bien mantener una gota de esperanza, creo que tendremos que pagar nuestro error. Ya os contaré el final feliz de esta historia, cuando llegue el final.

De momento, aquí estamos, en Adelaide, la capital del Sur de Australia, después de haber recorrido unos 11000 km por la tierra más inverosímil de este planeta (los habrá más, como los polos, pero estos son dos pedazos de hielo y no entran en esta categoría). Ya veréis a lo que me refiero cuando hable un poco más de Australia. Tengo muchísimo trabajo, pues son dos meses que poner al día. Así que las próximas entradas, no sé cuántas, van a ser los “Diarios de Matilda”. Que los disfrutéis.

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Últimas reflexiones sobre Filipinas

En breve:

- La cultura filipina parece ser el producto de la combinación entre colonización española primero y gobierno americano después.

- Su lengua oficial es el Tagalog, que incluye multitud de palabras españolas (aunque la mayoría no saben que son españolas) como tenedor, cuchara, cuchillo, mesa, silla, hora, pasajero, multa, cárcel… Interesante conocer lo que los colonos españoles trajeron consigo.

- Además del Tagalog, es ampliamente utilizado el Tanglis, un curioso lenguaje que mezcla Tagalog e Inglés como si fuera lo más natural del mundo. Los programas de televisión resultan particularmente graciosos.

- Cuando se trata de contar, disponen de los números en tres idiomas, tagalog, español e inglés, y usan cada uno dependiendo del contexto, aunque de manera flexible. Por ejemplo, para decir las horas, el preferido es el español.

- Están locos por el Karaoke, o mejor dicho Videoke. A todas horas y en cualquier lugar es buen momento para aclarar la garganta y lanzarse a interpretar los grandes éxitos de hoy y siempre frente a un monitor. Bar sin videoke, fracaso asegurado.

- La corrupción política está a la orden del día y, como en EEUU, no es estraño que el mundo de la política y el cine estén mezclados. De hecho, en el pasado Filipinas tuvo como presidente a un idolatrado actor de cine. No sé si sería buen actor pero al parecer fue un presidente funesto.

- El poquísimo cine de calidad que se hace en Filipinas está destinado a fracasar en las taquillas, sin embargo existe una super producción de cortometrajes de mala calidad (en todos los sentidos) realizados por aficionados que están haciendo furor. Se les conoce como “bombas”.

- En Filipinas puedes ir a ciudades como Valencia, Toledo, Alcoy… Si se busca bien en el mapa, seguro que es posible encontrar a toda España desperdigada por las islas filipinas.

Últimos pasos por Filipinas

Malapascua
¿Adivináis qué hicimos en Malapascua? ¡Exacto! Más buceo.

La inmersión más popular en la isla es la de las 5 de la mañana para ver tiburones “threser” (he buscado la traducción y no tengo claro si son tiburones zorro o tiburones trilladores), una especie de tiburón con unas aletas posteriores impresionantemente largas. Estos tiburones viven en las profundidades marinas pero suben cada mañana a unos 30 metros para una sesión de limpieza llevada a cabo por peces más pequeños. En el mismo lugar pero a las cuatro de la tarde, se repite la operación de limpieza esta vez con las mantas. Otra inmersión obligada.

Estas inmersiones son muy diferentes a cualquier otra en la que te dedicas a bucear y deleitarte con cualquier ser marino con el que te cruces. Aquí se trata de esperar, agazapados en el fondo, en grupo, quietos, a que aparezca alguno de estos animales.
Con los tiburones no tuvimos mucha suerte. Nos pasamos el tiempo esperando, para que solo al final apareciese un tiburón a lo lejos, el cual no tardó en desaparecer de nuevo en cuanto notó nuestra presencia, pues son animales muy tímidos. La visión duró muy poco y no fue más que una silueta oscura en una masa de agua azul. La visibilidad a esa profundidad y horas de la mañana no es demasiado buena.
Fuimos más afortunados con las mantas. Aunque de nuevo solo una se dejó ver, ésta no nos hizo esperar. “Volando” a pocos metros de nosotros no tardó en pasarnos con lo que sólo pudimos observarla durante un breve momento, pero al menos esta vez la visión fue algo más que un fantasma en la oscuridad.

Hicimos más inmersiones, cada una con algo especial que ver y más que aprender. Tres de ellas se convirtieron en récords seguidos de más de una hora buceando. Las que más disfruté. En una descubrimos cuatro tiburones de punta blanca cobijados en una cueva. Cuando subimos un poco, antes de emerger, descubrimos otros dos fuera de ella, despiertos y nadando. Uno dió un par de vueltas antes de nadar en mi dirección. En cuanto lo vi dirigiéndose a mí, me dí la vuelta para alejarme un poco. Estos tiburones son pacíficos y no suelen atacar pero por si las moscas…
Como compañero en casi todas ellas tuvimos a Richard, un inglés que está viviendo en Filipinas por una temporada, buceador con alta certificación. Puesto que la cámara de Andy se inundó en Puerto Galera, las fotos que aquí aparecen son suyas.

A otra persona que conocimos, por segunda vez, fue a Jonny. La primera vez fue en Tailandia, en el retiro budista de Suan Mohkk. Gracias a sus rastas rubias lo localizamos en seguida en Malapascua. Él también nos reconoció y una noche, durante la cena, se unió a nosotros y hablamos por primera vez, después de haber convivido varios días sin pronunciar una sola palabra. Intercambiamos opiniones, experiencias e impresiones sobre el retiro. Para él fue una suerte encontrarnos porque tenía mucha curiosidad por saber como había acabado todo y ganas de compartir con alguien la experiencia.

Cebu
La única manera de salir de Malapascua para llegar a nuestra siguiente parada era volver por donde habíamos venido, es decir, recorrer de nuevo la carretera maldita en los malditos autobuses hasta la ciudad de Cebu.
Esta vez los problemas comenzaron pronto. Cuando llegamos al primer pueblo grande, esto es con más de cinco casas, nos hicieron bajar porque los frenos se habían estropeado. Hasta ese momento Andy y yo estábamos maravillados por lo tranquilo y seguro que conducía el conductor. Nos dijeron que podíamos subir en el próximo autobús pero éste ya venía casi al completo y se terminó de completar con los cuatro más espabilados de nuestro autobús, que subieron primero.
¿Qué hacer? ¿Esperar a que pusieran un autocar a nuestro servicio? Las cosas no funcionan así en Filipinas. ¿Esperar al siguiente? Lo más probable es que también estuviera lleno. Mejor aprovechar lo malo conocido y subirnos ya. Mucha gente se va bajando a lo largo del camino así que pensamos que no pasaría mucho tiempo hasta tener asientos libres para nosotros. De momento nos tuvimos que quedar de pie en el pasillo, con todo nuestro equipaje y el del resto de pasajeros.
Aunque este conductor no era tan temerario como el de la ida, todos conducen demasiado rápido y de manera brusca. La prueba es que consiguió desestabilizar a Andy al tomar una curva, en un momento en que le pilló desprevenido, y le hizo caer encima de un niño que estaba sentado en el regazo de su madre. El niño, que ya antes del incidente había estado observando a Andy con desconfianza, debido quizás a su barba, después de llorar un poco ya no le quitó el ojo de encima en todo el camino.

Ya a salvo en Cebu, embarcamos destino a la isla de Bohol, al este de Cebu, para ir a otra islita al sur de ésta: Panglao, otro destino favorito para buceadores.

En el barco, entre el pasaje de tez morena, distinguimos la piel blanca y rastas rubias de Jonny (el chico del retiro budista en Tailandia). Una vez más, nuestros caminos se encontraban.

Panglao
Ni que decir tiene que lo primero que hicimos en Panglao fue bucear. Después de todo lo que habíamos buceado en Filipinas, este no era más que otro lugar de corales impresionantes y multitud de interesante vida marina. Más de la misma belleza natural de la que uno no se cansa nunca de observar. Y es que parece que en Filipinas tienen un gran tesoro bajo el agua del que por lo visto sus habitantes no son conscientes, quizás porque lo han tenido desde siempre. En otro caso no se explicaría la basura que tiran desde los barcos, la pesca con dinamita (no hace falta que explique en qué consiste, el nombre ya lo dice todo), la sobrepesca sin leyes (al menos efectivas) que regulen qué y cuánto se coge, e incluso buceadores profesionales, como el guía filipino que tuvimos en Malapascua, que tratan a las pobres criaturas marinas como si fueran objetos de decoración de su casa y no tienen ningún cuidado en donde plantan sus aletas (a este le vimos rompiendo corales al aletear).

Los tres días en Panglao los pasamos con Jonny, compartiendo una habitación doble. Jonny, si no lo había dicho antes, es un joven inglés estudiante de música que viajaba con su guitarra. No tardó en hacer migas con un músico filipino que tocó en directo en uno de los restaurantes de la playa y con el que pasó largas noches tocando en plan “jam session”. Desafortunadamente no tenemos ninguna foto de Jonny, ¿en qué estaríamos pensando?

Nosotros no hicimos mucho más en la isla aparte de bucear, leer, comer bien y disfrutar las auténticas tormentas tropicales que se desataban cada noche.
La habitación donde dormíamos era algo así como la buhardilla de una casa de bambú (no sé si el material era en efecto bambú, pero del estilo), que era a la vez casa, hostal y centro de buceo de un alemán. La habitación, como digo, estaba bastante expuesta al aire libre. Nuestra ventana no era más que una abertura en la pared frontal a través de la cual se veía el mar y que tenía por toda persiana o cortina una esterilla. Otra de las paredes estaba construida solo a media altura, como si fuera una barandilla, que daba a la zona reservada como bar-restaurante, un espacio abierto a la playa. En una habitación así, estas tormentas no solo eran refrescantes sino también emocionantes. A la mañana siguiente no era raro encontrar alguna banca pequeña (barca filipina) medio hundida por la tormenta.

Manila
Volamos desde Bohol hasta Manila sin novedad a excepción del sistema de entretenimiento en este avión. A falta de pantallas multimedia con películas, series, documentales y música de líneas aéreas como Sinpapore Airlines, jugamos a un juego. Las azafatas nombraban un objeto, que debía encontrarse en el avión, y el primer pasajero que cogiera el objeto y lo mostrase, ganaba un premio (un souvenir de los que venden en los carritos que todavía no sé qué era). Casi todos los nombraron en filipino así que para nosotros fue más bien una clase de idiomas.

Por fin, nuestra última parada en Manila para despedirnos de Filipinas. La última vez que estuvimos en la ciudad sin conocerla de verdad.
Quizás algún día vuelva para conocer mejor su historia y el por qué de sus peculiaridades. De momento parece que el turismo en la capital como en el resto del país está enfocado al sol y playa mientras se hecha de menos un acercamiento cultural. Tuve la impresión de que la cultura filipina carecía de identidad propia, perdida en ambas invasiones primero española y luego americana. O quizás no supe buscar bien.

De ruta por Filipinas (continuación)

Coron
Saber dónde te encuentras en las Filipinas es en muchas ocasiones algo confuso. Durante el trayecto descubrimos que no nos dirigíamos a la isla de Coron, sino a la ciudad Coron situada en la isla Busuanga, al norte de la isla Coron. Este desajuste entre nombres de ciudades e islas parece ser frecuente.

La ciudad en sí no tiene nada especial a excepción de sus vehículos…

…y del buceo.

En esta zona se encuentran los naufragios de una flota japonesa de la II Guerra Mundial, hundida por bombarderos americanos. Creo que en total son unos 12 navíos japoneses entre barcos de guerra y de cargamento. Sólo buceamos dos, ambos a 30 metros en su parte más profunda. Había buceado naufragios antes, pero nunca nada tan grande y con un peso tan importante en la Historia. Exploramos el interior de los barcos introduciéndonos por sus agujeros, la mayoría producto de las bombas. Si la visibilidad ya era escasa en el exterior, en el interior de los barcos las linternas eran imprescindibles. El ambiente sombrío y siniestro de los barcos y mi imaginación sobre lo que sucedió me provocaron escalofríos incluso a 30 grados de temperatura.

Además de los naufragios, existen en Coron otros sitios para bucear bastante peculiares que no quisimos perdernos. Uno era una especie de piscina natural en el interior de una cueva a la que se accedía buceando a través de una abertura en la roca. Una vez atravesado el pasadizo, emergimos en el interior de la cueva, llamada “La Catedral” por la forma de la roca sobre nuestras cabezas que recuerda a la bóveda de una catedral. El silencio y la calma que se respiraba en su interior también producían la sensación de encontrarse en el interior de una catedral.

La última inmersión la hicimos en un lago. El “Lago Barracuda” es el primero que buceo, llamado así porque al parecer hay un par de barracudas residentes. Nuestro guía nos dijo que él nunca había visto ninguna. Sumergirse en este lago es como estar en un mundo diferente. Los primeros metros desde la orilla están cubiertos por una capa de sedimento tan blanda que puedes introducir el brazo hasta el codo sin esfuerzo alguno. Después, el fondo desaparece abruptamente en la profundidad de manera que si miras hacia abajo solo hay oscuridad. Desde algún lugar de esa oscuridad nace una enorme roca, como una montaña en medio del lago que se eleva hasta la superficie. Nubes de agua a unos 40 grados emergen de las profundidades de la tierra aligeradas por la temperatura y navegan en la masa de agua fría. Estas masas de agua caliente se denominan termoclimas y tienen un color blanquecino que les da la apariencia de nube. A veces me situaba bocarriba debajo de alguna para mirar a la superficie a través de ella. La textura del termoclima distorsiona la visión de manera que pareces estar en otro planeta. Otras veces, cuando tenía frío, buceaba a través de alguna nube caliente con la cabeza por encima, en la masa de agua fría, y parte de mi cuerpo rodeada por ella.
Al final de la inmersión, poco antes de volver a este planeta, un par de barracudas aparecieron de la nada en frente de mí y nadaron en sentido opuesto pasando por mi lado, después al lado de Andy, que estaba detrás de mí, para acabar perdiéndosen de nuevo en la profundidad. Nuestro guía no las vió.

Lo más complicado de nuestra estancia en Coron fue salir de allí. Después de mucho investigar y de incluso considerar la posibilidad de embarcarnos en un barco de cargamento, a falta de uno de pasajeros (el siguiente salía en una semana), decidimos que la mejor opción era volar. Nuestro siguiente destino era nuestro destino original, Cebu, y la única manera de llegar allí implicaba un vuelo a Manila y otro desde Manila a Cebu. La única pega es que tuvimos que pasar un día en Coron sin hacer nada pues después de bucear no podíamos volar en 24 horas, como ya sabéis los que buceáis.

Manila
Al aeropuerto de Coron, unos kilómetros a las afueras de la ciudad, se llega únicamente por un camino de tierra a través de bosque tropical en un jeepney multicolor puesto al servicio de los pasajeros por la compañía aérea.

Al término de un viaje botando en el interior del jeepney, llegamos a un aeropuerto todavía en construcción, con trabajadores en plena faena donde deberían estar las pistas de aterrizaje y despegue. El desayuno lo tomamos en una rudimentaria caseta fuera de la habitación que hacía de terminal, junto a un par de pilotos recién aterrizados.

Nuestro vuelo se retrasó un poco pero por lo demás fue sin novedad y en 45 minutos ya estábamos en Manila. Allí pasamos el resto del día, en la terminal de vuelos domésticos, a la espera de nuestro siguiente vuelo que se retrasó un par de horas. Llegamos a Cebu pasada la medianoche. Otro día entero viajando.

Cebu
Nuestro destino no era realmente Cebu sino una islita situada al sur llamada Malapascua. Así, todavía nos quedaba un trayecto en autobús desde la ciudad de Cebu hasta el sur de la isla y una travesía en banca, típico barco filipino (ver foto al final), hasta Malapascua.

Hasta la fecha, el viaje en autobús en Cebu se ha convertido en el más peligroso de mi vida.

Poco antes de que el autobús saliera de la estación, se nos acercó uno de los muchos chavales que se dedican a vender su mercancía, en este caso periódicos internacionales, a los pasajeros. Como no estábamos interesados en amargarnos el día enterándonos de lo que había pasado en el mundo, el chaval se sentó con nosotros a charlar un rato. De alguna manera, la conversación se volvió hacia el conductor, de quien nuestro informador dijo que era “muy buen conductor”, que “era pequeño pero fuerte” (lo de fuerte yo lo interpreté por sus gestos como “con genio” o, para ser más gráfica, “con un par bien puestos”) y que “era muy rápido”.
Poco tiempo después descubrimos lo que entienden los filipinos por conducir bien, una idea años luz de lo que para mí particularmente, y creo que para cualquiera con dos dedos de frente, eso significa. Cuando salimos de la estación a toda velocidad (sustituible por expresiones más groseras) para frenar bruscamente segundos después a pocos centímetros del coche parado enfrente, quedó más claro que el agua que estábamos en manos de un conductor pésimo. Lo que quedaba por venir solo corroboró esta afirmación.
Claramente, este conductor era la encarnación de la figura del macho bravío ensalzada en una sociedad machista como es la filipina.

Supongamos por un momento que la palabra carretera significa lo mismo en Filipinas que en Europa, que no tienen nada que ver con dos estrechos carriles mal asfaltados y sin arcenes, plagados de curvas, que atraviesan chabolas construidas al mismo borde de la carretera. Incluso si estas no fueran las características de las carreteras filipinas, conducir a alta velocidad, adelantando a todo vehículo o ser viviente que se interpusiera en su camino independientemente de que hubiera otro vehículo o ser viviente en el otro carril (aparentemente, tocar el claxon le daba derecho a ello), solo se puede definir como conducción temeraria. En el interior del autobús, los efectos de su manera de conducir se manifestaban en una total incapacidad de andar por el pasillo para cambiar de asiento, gente cayéndose de sus asientos, yo me ví en varias ocasiones lanzada por la fuerza centripeta de la curva hacia mi vecino del lado derecho del autobús, y movimentos de cuerpo adelante y atrás con las fuerzas de aceleración y desaceleración en cada frenada y arranque, no respectivamente. Los efectos en el exterior del autobús eran personas y vehículos más pequeños literalmente arrojándose a los lados de la carretera.

El temor por mi vida me levantó de mi asiento y me dirigió al conductor (en una parada, para no distraerle) al que le dije con el tono más contundente que pude “estás jugando con la vida de la gente, aminora la velocidad, si no me bajo en la próxima parada sin pagar”. Si me entendió, se avergonzó o se rió de mí, no puedo saberlo, pues se limitó a mirarme sin expresión ninguna. Durante una media hora se calmó un poco, solo para seguir después con su conducción suicida. Llegados a este punto, las venas de mi indignación ya estaban muy hinchadas, me volví a Andy y le dije “en la próxima parada me bajo”. El trayecto hasta la siguiente parada se me hizo el más largo de mi vida y mi pulso igualó el de la velocidad del autocar. Afortunadamente, llegados a un lugar en medio de ninguna parte (las paradas son cualquiera en la que alguien quiera bajarse), el conductor frenó y Andy y yo, con los bultos ya a cuestas, nos apeamos. El recaudador (aquí como en Vietnam necesitan dos personas, una para conducir y otra para cobrar) se quedó en las escaleras con la intención de cobrarnos el billete. Mi indignación era tal que me negué a pagarlo. Mi no fue rotundo y el recaudador, en una actitud machista, se dirigió a Andy, quien le respondió que era yo quien decidía. Le dije que el conductor había estado jugando con mi vida y que de ninguna manera iba a pagar por eso. Después de un rato, el recaudador desistió y el autobús se alejó dando tumbos.

Como he dicho, nos habíamos bajado en medio de ningún lugar, en el que solo había unas pocas casas rudimentarias aquí y allá. Andamos un poco en busca de una sombra donde esperar al siguiente autobús que pasara, sin idea de cúanto tendríamos que esperar.

Una familia se nos acercó, madre con bebé y abuelos, y nos hizo compañía hasta que nos subimos a otro autobús.
Los filipinos son muy curiosos y no tienen ningún reparo en hacer todo tipo de preguntas, algunas incluso muy personales. Por supuesto, quisieron saber de dónde éramos después de responderles que no, no éramos mexicanos (nos habían escuchado hablando español). El abuelo no entendía bien inglés, así que la hija le tuvo que traducir. En la traducción entendimos perfectamente la palabra “cano” mientras señalaba a Andy. “Cano” es corto para “americano” y es así como los filipinos se refieren a cualquier extranjero que hable inglés independientemente de su nacionalidad. Tan fuerte es la secuela que el gobierno americano dejó en la psicología filipina, que el resto del mundo más allá de sus fronteras es EEUU, y como mucho México (ahora que lo pienso, “cano” también les sirve para Mexicano). De poco sirven las protestas de los que como Andy les corrigen diciendo “…de América no, de Inglaterra…”. La respuesta más probable sería “¿no está eso en América?”.
Finalmente pasó un autobús y nos despedimos de nuestra simpática familia filipina.

El autobús estaba repleto de gente y bultos, lo cual es norma en Filipinas, así que no pudimos sentarnos y aún me pregunto cómo cupimos en el pasillo, lleno de las bolsas y maletas, e incluso animales, de los pasajeros.

Por fin, más de 5 horas después de nuestra salida de la estación de autobuses, llegamos al puerto donde nos embarcamos en una banca que llevaba un cargamento de agua mineral a Malapascua. Por supuesto nos intentaron timar (pretendían que pagásemos 10 veces más el precio del viaje) diciéndonos que éramos los únicos pasajeros (¡llevaban un cargamento de agua a la isla! ¿les habrían dejado sin agua por no tener pasajeros?). Ya nos sabíamos el cuento y les dijimos que no teníamos ninguna prisa, que podíamos esperar a otros pasajeros, así que pasamos un buen rato subidos a la banca, con capitán y tripulación sin hacer nada, mientras las garrafas de agua se calentaban al sol. Al final, el capitán cedió y nos propuso pagar sólo 10 pesos más de los 40 que valía el billete.

Al llegar a la playa vimos unas mesas a escasos metros de la orilla, pertenecientes a un hotel. Cansados por las aventuras del día y hambrientos, nos dejamos caer en las sillas, pedimos algo para comer y observamos a la tripulación de la banca descargar las garrafas de agua.

Aún hay más…

7107 Islas Filipinas

De las cuales Andy y yo sólo hemos pisado cinco. Nuestro plan original, sin embargo, incluía más del doble. Fuimos demasiado ambiciosos.

Viajar en las Filipinas no es fácil, al menos para el mochilero. Nos habíamos preguntado por qué no era un destino popular para el viajero independiente y lo entendimos sobre la marcha con nuestra propia experiencia. Moverse de un lado para otro, lo que en este país normalmente quiere decir de isla en isla, requiere mucho tiempo y dinero. Las Filipinas, al menos de momento, es destino favorito para el turista de sol y playa, de hotel y restaurante y de vacaciones planificadas de antemano. Con todo, todavía nos encontramos con algunos viajeros independientes.
El encuentro más sorprendente tuvo lugar en la isla de Malapascua, donde coincidimos con un chico que había estado con nosotros en el retiro budista de Tailandia. Como abandonó unos días antes, no habíamos cruzado una sola palabra hasta el momento en que nos “reencontramos” en Filipinas. Como suele decirse, el mundo es un pañuelo.

La razón por la que digo que no es fácil viajar por las Filipinas es que las comunicaciones entre islas son precarias. Si quieres trasladarte de una isla a otra, en la mayoría de los casos, por no decir en todos, la única forma es pasar por Manila. Esto alarga el viaje sobremanera, tanto si viajas en barco como en avión.
Si optas por el barco, como mínimo te cuesta llegar 12 horas desde Manila hasta las islas más cercanas. Las más lejanas están a 24 horas o más. A esto hay que añadirle lo que tardas en moverte dentro de las islas de salida y destino.
Es decir, que para ir de una isla a otra, normalmente requiere unos dos días como mínimo. Extenuante y frustrante. Por supuesto, me refiero a grupos de islas, pues otra cosa es trasladarse de la isla principal a las islas menores que la rodean.
El avión es un poco más rápido, pero de nuevo el problema es que casi siempre has de pasar por Manila. Hay muchos vuelos entrando y saliendo de la capital pero muy pocos directos entre islas. Esto significa que tienes que comprar varios vuelos y seguramente pasarte muchas horas esperando en el aeropuerto.

Luego está el precio de estos medios de transporte. Puedes encontrar buenas ofertas en vuelos, especialmente si reservas con antelación y generalmente más baratos que un billete de barco. Pero claro está, no son los precios de un billete de autobús o tren. Aparte de esto, lo que hace a las Filipinas un país caro para viajar es que está orientado a un tipo de turismo diferente, con lo que precios de alojamiento y comida son más caros que en los países donde existe un sector del turismo orientado al mochilero.

En definidas cuentas, si alguien está pensando en viajar a las Filipinas y no tiene mucho tiempo, yo le diría que elija una isla o grupo de islas cercanas y las disfrute sin perder el tiempo y el dinero en ir de un lado para otro.

Nuestro recorrido en las Filipinas fue el siguiente:

Manila
Llegada al aeropuerto internacional de Metro Manila (sí, aquí las ciudades son Metros pero aún no sé por qué) y atasco de camino a Malate, el área donde se concentra la mayoría del alojamiento barato. Larguísima búsqueda de un hostal asequible y cena en Casa Armas, el restaurante español. Ya escribí sobre esto hace muchíiiisimo tiempo.

Al día siguiente, salida en autobús hasta el puerto donde tomamos un barco hacia Puerto Galera. Llegada a nuestro destino a alguna hora de la noche. Duración del viaje: todo el día.

Puerto Galera
Situado en la isla de Mindoro, Puerto Galera es un destino popular entre los turistas, especialmente alemanes y americanos de mediana edad.
Puerto Galera es en realidad la ciudad y el puerto natural que da acceso a varias de las playas donde se concentra el turismo. Nosotros nos quedamos en la playa conocida como Sabang.

El lugar en sí es más bien feo, pero es una fealdad adquirida. En otro tiempo debió ser un bonito pueblo de pescadores rodeado de una belleza natural, desde mar a montaña. El desarrollo turístico se ha encargado aquí de destrozar esa belleza con la construcción de edificios en primera línea de playa, en su mayoría hoteles y centros de buceo, de manera que la línea de playa, casi inexistente durante la marea baja, desaparece por completo con la marea alta. Las olas entonces solo pueden chocar contra muros de cemento. Lo que afea más todavía esta playa es la cantidad de “discos” donde chicas filipinas se exhiben al turismo en busca de sexo.

Si nos quedamos aquí cinco días fue porque encontré por fin un centro de buceo donde hacer mi curso avanzado en español.
Después de recorrernos varias escuelas, y cuando ya creía que ninguna ofrecía clases en español, entramos en Southsea Divers. Al preguntar, una chica nos dijo que su jefe era americano pero se había criado en España y se fue inmediatamente a buscarlo. Al poco, un hombre de mediana edad, rubio, con el pelo recogido en una coleta, se presentaba como Sky. Este no es su verdadero nombre, solo un apodo, pero no me enteré hasta el último día de curso. Su español era bueno, pero pensé que no tanto para alguien que se había criado en España. Luego comprendí por qué.

Estuvimos hablando un buen rato sobre muchas cosas, la conversación girando en torno a España y principalmente Madrid. Nos dijo que había nacido en EEUU pero su familia se había mudado a Madrid cuando él tenía un año, debido al trabajo de su padre. No dijo a qué se dedicaba su padre y yo no se lo pregunté. Él había vivido en Madrid hasta los 16 años, tiempo durante el cual había asistido a una escuela americana. A esa edad volvió a EEUU para satisfacer la curiosidad de conocer su país de nacimiento, alimentada por sus compañeros de colegio. Como él mismo dijo, no le gustó tanto como había imaginado y cuando surgió la oportunidad se marchó a trabajar a Tailandia como buceador de soporte de otro buceador profesional. Concluido su trabajo, en el viaje de vuelta a EEUU hizo una parada en Las Filipinas, donde conoció a su mujer, y ya nunca más salió de las islas. De esto hace 25 años.

De su época en España tenía un recuerdo muy vívido. Incluso se acordaba perfectamente de las calles de Madrid. Nos hizo muchas preguntas pues no había vuelto a España desde los 16. Un día le enseñamos fotos de Madrid y los mapas de google por Internet. Se sorprendió muchísimo de lo que había cambiado. Con razón. El Madrid que recordaba él era el de la época de Franco, con desfiles del Generalísimo incluidos. En el mapa de google nos señaló con emoción la que había sido su casa, en plena plaza Cuzco, una de las mejores zonas de la capital actual.

El curso con él fue a las mil maravillas. Al estar en temporada baja, Andy y yo fuimos sus únicos clientes hasta el último día. Hice mis dos inmersiones diarias con Sky y Andy. Puesto que el curso es básicamente práctico, casi todas las inmersiones fueron en realidad inmersiones “normales”, por diversión. Así matamos dos pájaros de un tiro; Andy buceaba por bucear y yo hacía mi curso.
Una de las especialidades que escogí fue fotografía subacuática. La verdad, un peligro. El tiempo pasa tan rápido tratando de sacar lo mejor de las criaturillas marinas que como te descuides te quedas sin oxígeno. El resultado al final no fue tan malo como pensé mientras hacía las fotos bajo el agua, y es que no es nada fácil componer una foto con modelos que no paran de moverse al tiempo que controlas tu flotabilidad (no irte para arriba como un globo o para abajo como un saco de arena) y tratas de no tocar nada frágil (en el fondo del mar casi todo es frágil).
Aquí dejo una muestra de mis primeros trabajillos.



Por cierto, el buceo es lo mejor que tiene Puerto Galera. Al menos el fondo del mar conserva la belleza que le han arrebatado a la playa.

Manila
Una vez convertida en buceadora avanzada (certificación que me permite bucear a una profundidad máxima de 30 metros así como hacer inmersiones nocturnas) era el momento de seguir adelante. Nuestra siguiente parada sobre el papel era Cebu. Las visicitudes de viajar en Filipinas nos llevó a la otra parte del archipiélago, en la isla de Coron (muchísimos kilómetros al oeste de Cebu, próximamente en la página sobre Filipinas).

Después de mucho preguntar, nadie pudo decirnos cómo llegar a Cebu desde Puerto Galera directamente. La respuesta era unánime: tienes que ir a Manila. Los locales no viajan entre islas así que es inútil preguntarles. Como mucho conocen la manera de llegar a Manila. Tampoco hay información asequible y clara sobre medios de transporte, sus horarios y rutas.
Al final, no nos quedó más remedio que hacer el viaje de vuelta a Manila. Después de llegar, y de estudiar con lupa la información que habíamos podido recoger de diferentes líneas marítimas, averiguamos que en efecto sí había una manera de llegar a Cebu desde Puerto Galera. Típico.
En fin, ya estábamos en Manila y ahora debíamos buscarnos la vida para llegar a Cebu, pues no teníamos ni idea de cuándo y qué barcos salían. En el puerto, elegimos una línea marítima al azar y descubrimos que ningún barco se dirigía a Cebu pero había uno que partía en una hora hacia Coron. Así que reservamos un camarote privado (sólo había dos de estos) y nos embarcamos hacia nuestro destino improvisado. El viaje duró 12 horas.



Continuará…

Cambios

Del hemisferio norte al hemisferio sur. Del calor tropical al invierno austral. De la caótica Asia a la vasta Australia.

Hace ya semana y media que estamos en Sidney. Pocas veces nos hemos quedado en un sitio tanto tiempo, por lo que tengo la sensación de que he vuelto a la vida cotidiana de cualquier país europeo. Acostumbrada ya a la vida nómada, un asentamiento de una semana me parece una eternidad.

Durante este tiempo nos hemos tenido que adaptar a muchos cambios, como el clima y huso horario.
Después de dejar el frío en el Himalaya, allá en el lejano mes de enero, solo hemos tenido estaciones secas y estaciones de lluvia, con los termómetros rondando los 30 grados en ambos casos. Nada más aterrizar en Sidney, el aire helado de una soleada mañana de invierno nos produjo la sensación por un momento de estar de vuelta en Madrid.
Además hemos dado un paso de tres horas más en la franja horaria, con lo que ya os llevo la delantera en 8 horas. Si me paro a pensarlo… ¿significa esto que me he hecho más vieja en menos tiempo? y sin embargo, al final de mi viaje habré “perdido” un día entero…

Temperatura y horarios son adaptaciones importantes pero el cambio de cultura y estilo de vida ha supuesto un choque. O más bien debería decir un contrachoque, pues esta es la vida que había conocido hasta ahora.

Mucha gente dice que Australia, al menos la parte “civilizada”, se parece mucho a Inglaterra. Obviando el hecho de que en julio llueve y hace frío, lo que también se puede aplicar a Inglaterra, Sidney es básicamente como cualquier otra ciudad occidental.
El hecho de estar alojados en casa de unos amigos de Andy, Dan y Holly, nos produce una sensación todavía más acentuada de estar “en casa”. La primera noche en la ciudad, un viernes, salimos a tomar algo a unos cuantos pubs, cosa que no habíamos hecho en los últimos siete meses. Otra nueva costumbre perdida en el mundo desarrollado ha sido despertarnos cada mañana con la luz del amanecer e irse a la cama poco después del anochecer.

Así, adaptándonos a cambios y asimilando el contrachoque cultural, hemos pasado esta semana y media en un estado de pereza que, pensándolo bien, necesitábamos permitirnos. Aflojar la marcha para adaptarse y afrontar una nueva etapa en el viaje es, por así decirlo, un mecanismo de supervivencia del viajero.

Aunque nuestros días aquí han sido perezosos, tampoco es que no hayamos hecho nada. Hemos salido con Holly y Dan, hemos hecho turismo por Sidney con Garreth (compañero de trabajo y amigo de Andy en Madrid que se trasladó a Melbourne hace ya año y medio) y nos hemos comprado una “campervan” (vehículo entre caravana y furgoneta).



Esta era la idea desde el principio: comprar una caravana de segunda mano y conducir por Australia durante unos dos meses. No es mucho tiempo para un país tan inmenso cuyo tamaño casi iguala al de toda Europa y donde las distancias parecen medirse con otra escala, pero esperamos que sea suficiente para una “pequeña” vuelta que recorra la costa este hacia el norte, baje al sur por el interior del continente y nos lleve de vuelta al punto de partida, Sidney.

Puesto que esta es la manera en que viaja la mayoría de mochileros (algunos se pasan años dando vueltas por Australia con su campervan) lo de comprar un vehículo como este es cosa fácil. Existe un gran mercado de compra-venta, tanto de particulares como de empresas que se dedican solo a esto. Sin embargo, nosotros no la hemos comprado ni a un mochilero ni a una empresa, sino a un simpático matrimonio que ayer se despidió de su caravana con pena. Había estado en la familia durante 20 años. Suena vieja pero está muy bien conservada gracias a su dueño, un ingeniero al que le gusta trastear con sus motos y coches como hobby.

Además de vehículos, el matrimonio tiene caballos. El día que fuimos a ver la caravana nos encontramos en su casa a las afueras de Sidney, un lugar muy distinto al resto de la ciudad. Su casa estaba literalmente construida en medio de un pedazo de bosque. A unas cuantas hectáreas con árboles, animales y un establo con tres caballos, entre otras cosas, no se le puede llamar jardín. Los australianos son personas abiertas y familiares a los que les gusta hablar con la gente. Mientras Andy se iba a probar la campervan con Gary, yo me quedé con su mujer, Ann, quien me llevó de paseo por su bosque particular.
Me enseñó varios pájaros, de los cuales no recuerdo su nombre, pero que creo que son especies endémicas de Australia. Uno de ellos me dió la bienvenida con varios “hellos” seguidos y decía otras cosas como “come on” y “what´s the matter”. Nunca había oído a un pájaro hablar tan claro y además en inglés. Imagino que sería alguna especie de loro que mi ignorancia en tema de pájaros me impide nombrar.
Después dimos una vuelta en busca de uno de los caballos para llevarlo al establo. Nos costó un poco encontrarlo pues ya era de noche y el caballo estaba comiendo hierba tranquilamente en un rincón del bosque. Cuando por fin dimos con él, Ann me preguntó si quería montarlo. Por supuesto le dije que sí, después de que me aclarase que ella llevaría la rienda para guiarlo. Así que me subí al caballo, y sobre su lomo (no tenía silla de montar, sólo una alforja) agarrada a sus crines, Ann nos llevó a caballo y a mi hasta el establo. En el camino me explicó que había sido un caballo de carreras pero que ya tenía catorce años y por lo tanto era mayor para las carreras. Ahora es un caballo de saltos. También pude ver las vallas que colocan para entrenarlo.

Hoy salimos con nuestra campervan. Ya hemos arreglado los papeles, contratado un seguro y hecho algunas compras. Sólo queda ver hasta dónde nos lleva. ¡De nuevo en la carretera!

Próxima entrada: Filipinas.

Singapur: el gran centro comercial de Asia

No sé qué fue más duro, si el ‘trekking’ de 11 km en la jungla o los tres días de ‘shopping’ en Singapur. Lo que sí sé es que los centros comerciales de este último país son otro tipo de jungla, con sus escaleras mecánicas, alturas de 6 plantas, cientos de tiendas diferentes y las “canchas de comida”, término que me acabo de inventar para traducir “food court”, un gran área que te encuentras en cada centro comercial con una veintena de puestos especializados en unos cuantos platos de algún país asiático y alguno de comida occidental.
Recorrer esta jungla no es fácil. La dificultad en encontrar lo que buscas entre tanto de lo mismo es comparable a la dificultad en ver alguno de los esquivos animales de la jungla de verdad.

Recorrimos varios de los muchos centros comerciales que existen en Singapur (el país entero es ya es un gran centro comercial) durante tres días, al cabo de los cuales tanto Andy como yo teníamos nuevos juguetes. En mi caso, el portátil con el que estoy escribiendo en este preciso momento y una cámara de fotos digital, mi primera ‘digi’.

El segundo deporte nacional en Singapur es comer (el primero era comprar, por si no había quedado claro) y aquí de nuevo la oferta es interminable; desde los simples puestos callejeros, pasando por las ya mencionadas “canchas de comida”, hasta restaurantes en toda la escala de lujo.

Una noche salimos a cenar por la zona que bordea el río que atraviesa la ciudad. Nos encontramos en una calle con iluminación de todos los colores y restaurantes uno al lado del otro, pared con pared, con todo tipo de comida mundial: mexicano, indio, italiano… pero lo que más abundaban eran los de pescado y marisco de Singapur. A sus puertas, normalmente una chica trataba de “pescarnos” enseñándonos su menú y ofreciéndonos ofertas y descuentos al tiempo que nos daba una tarjeta, como si se tratara de un bar de copas en España. Al final, cenamos en un italiano para satisfacer mi antojo de tomar pizza.
Después, a dos pasos del italiano, nos metimos en “Harrys Quayside”, un pub donde un grupo tocaba salsa, boleros, etc. cantando en español (creo que eran cubanos) y de vez en cuando dos parejas de japoneses se lanzaban a la pista a bailar salsa, con muy buena técnica por cierto.


Singapur es una ciudad estado singular. Su historia antes de que los ingleses lo “descubrieran” es algo confusa. Después, gente procedente de China, Malasia e India lo poblaron y hoy día, los singapurenses son precisamente chinos en su mayoría, malayos e indios. Es curioso como las tres culturas conviven, conservando sus costumbres, lengua, religión, festividades y agrupándose en núcleos bien definidos. Ciudadanos con una identidad común y a la vez diferente.
En el caso de la lengua, tres son oficiales con tres alfabetos totalmente distintos: chino, malayo e hindi. La cuarta lengua oficial es el inglés, aunque, teniendo en cuenta que es la lengua en que se entienden todos los singapurenses entre sí, yo diría que es la primera.

Otra singularidad de Singapur es el orden y la limpieza que lo caracterizan. Ningún otro lugar en toda Asia es tan limpio y seguro como este país. Como si quisiera redimir a sus países vecinos con su propio esfuerzo.
Este privilegio tiene su precio, impuesto por un gobierno un tanto paternalista. Por nombrar algunas de las formas de disuasión de “portarse mal”, las siguientes son un buen ejemplo: multas o prisión por cruzar las calles por lugares no señalizados con pasos de cebra, multas por mascar chicle en el metro (difícil de incumplir cuando no hay tienda o kiosco donde los vendan), prohibición de hacer ‘skateboard’ en las calles y, algo más serio, pena de muerte por posesión o tráfico de drogas.

En definitiva, un país que parece encajar mejor en Europa. Un oasis de tranquilidad en medio del caos del resto de Asia.