Prometí contar el final feliz de nuestro viaje por Australia…
La verdad es que las últimas dos semanas en Sydney han sido las más estresantes que hemos tenido desde que comenzamos el viaje.
Después de una parada obligada de tres días en Melbourne para arreglar los achaques de Matilda, llegamos a Sydney en un día y medio. Allí, nuestro primer destino fue el “Kings Cross Car Market” (Mercado de Coches de Kings Cross). Este mercado está situado en un párking y es el centro de compra-venta de coches y furgonetas para los mochileros. Ya hablaré más adelante de este lugar. En la oficina nos explicaron como funciona si quieres vender tu vehículo. Lo primero, llevarlo a un mecánico para pasar un test de seguridad. Si lo pasa, las probabilidades de venderlo rápido y a buen precio se multiplican. Si no… puede ser el principio de una pesadilla y una larga estancia en el infierno (el Mercado de Kings Cross).
Matilda no lo pasó, lo cual no fue una sorpresa. Perdía aceite, la luna delantera tenía una fractura y los frenos “no eran seguros”. Estos solo eran los fallos gordos.
Si no pasas el test, no tienes el “pink slip” (el papel rosa), que le da más valor a tu coche porque básicamente dice que es seguro de conducir. Por tanto solo podíamos hacer una cosa; ir a por el “pink slip” como fuera. Y así es como empezaron nuestras dos semanas de total dedicación a Matilda: arreglamos los frenos, cambiamos la luna y, como la pérdida de aceite no era en realidad un problema grave (solo manchaba un poco la caja de cambios tras conducir), Andy limpió el aceite antes de volver al mecánico para una nueva revisión rosa.
Aunque lo que nos llevó más tiempo, al menos a mí ya que era la parte en la que podía meter mano, fue pulirla y limpiarla. Tiempo y muchas calorías quemadas. Si habéis pulido vuestro coche alguna vez, ya sabéis a lo que me refiero, si no, puede que hayáis visto la escena de la película “Karate Kid”, en la que el chaval aspirante a karateka aprende a parar golpes de kárate a base de pulir el coche de su maestro. Pues más o menos lo mismo, solo que al final mi capacidad para parar golpes de kárate seguía siendo igual de nula.
Toda esta puesta a punto nos llevó alrededor de una semana y, en cuanto conseguimos nuestro papelito rosa (que en realidad era blanco), volvimos al “Kings Cross Car Market” con una furgoneta reparada y brillante.
El Mercado está en la segunda planta, semisótano, de un párking de cinco plantas. Es un lugar frío y oscuro donde se alinean coches, furgonetas y mochileros.
Los vehículos presentan en la parte delantera un surtido variado de papeles: los propios del mercado, con el precio, las características, etc.; los del mecánico, incluyendo el “pink slip” si eres afortunado; y los que hayas diseñado tú para vender tu coche, relatando lo ideal que es tu vehículo para dar vueltas por Australia. A los alrededores se despliega toda una serie de extras: tiendas de campaña, sillas, mesas, guías, mapas, tablas de surf y toda clase de objetos de casa cuyo número es directamente proporcional al tiempo que ha estado el mochilero de viaje. En algunos casos cuesta creer que tanto trasto, suficiente para equipar una casa de unos 40 metros cuadrados, pueda caber en un espacio tan reducido.
Los mochileros de larga estancia se sientan en las cercanías de su vehículo, con caras sombrías, pálidos y con ojeras, arropados con chaquetas y jerséis de lana mientras fuera el sol brilla a unos 27 grados. Están tan instalados que se mueven con total naturalidad por el lugar, como en casa. Las mesas llenas de comida y toda clase de bebidas, sillas en corro, libros y revistas para matar el tiempo y hasta instrumentos musicales. Algunos charlan con los vecinos, otros atienden a posibles compradores (si eres nuevo y te acercas a curiosear, se les ilumina la cara hasta que
descubren que no eres un comprador potencial), otros toman café o té y leen (esto suele ir unido), otros tocan la guitarra y otros simplemente están aburridos de hacer todo esto.
Las paredes del Mercado son testigo silencioso del tedioso transcurrir de los días del mochilero y algo así como un muro de las lamentaciones donde algunos encuentran desahogo, sobre todo cuando consiguen por fin, después de varios días o semanas viviendo en el frío aparcamiento, vender su trasto sobre ruedas.
Nuestro primer día en el mercado fue corto. Llegamos a eso de mediodía y a los cinco minutos ya teníamos una pareja interesada en comprar. Por desgracia, su presupuesto era muy inferior a nuestro precio. En la siguiente hora, hubo más gente mirando y lanzando sus ofertas. Y después, nada.
El segundo día, la furgoneta pasó la mañana en el mecánico y la tarde en el Mercado con Andy. Hubo más gente interesada, en concreto un grupo de tres chicas inglesas con las que quedamos al día siguiente para que la probasen.
Así, el tercer día, las chicas inglesas aparecieron con un amigo que era mecánico y salieron para conducirla. Después lanzaron su oferta: demasiado baja.
Poquísimo tiempo tras despedirnos de las chicas inglesas, apareció otra pareja, también inglesa, y les enseñamos la furgoneta. Hicieron sus preguntas y se fueron. Unos 15 minutos después regresaron; querían probarla. A la vuelta, tras algunas preguntas más, se fueron a pensárselo. Habrían pasado unos diez minutos cuando volvieron para que les dejásemos los papeles del coche (“pink slip”): querían pedir consejo al personal del Mercado. Una vez aconsejados, volvieron para negociar: la compraban si arreglábamos el pequeño escape de aceite. Aceptamos, los chicos se dieron la mano para cerrar el trato y nos dejaron un depósito.
¡Bien! Habíamos vendido al tercer día y ni siquiera habíamos pasado un día completo en el Mercado. No nos dió tiempo a odiarlo.
Sin pensárnoslo dos veces, nos fuimos a la oficina de la compañía aérea donde debíamos recuperar nuestros vuelos. Explicamos a la chica lo que había pasado y después, para probar suerte, preguntamos si nos podían reservar también el vuelo de Sydney a Christchurch (el que habíamos perdido por no saber en qué día vivimos…) Tecleó en su ordenador y sin más preguntas nos dijo que había un vuelo el martes por la mañana ¿lo queríamos? ¡lo queríamos! desde luego era nuestro día de suerte.
Pero nuestra suerte terminó antes de que acabara el día. Cuando llamamos al mecánico que nos había dado el papelito rosa (en el que ya cofiábamos plenamente), nos dijo que estaba hasta arriba de trabajo y que le era imposible si quiera echarle un vistazo.
Situación: estábamos a viernes, el martes por la mañana teníamos un vuelo a Nueva Zelanda reinstaurado por el morro y el lunes debíamos entregar una furgoneta a la que no se le debía escapar una gota de aceite… y no teníamos mecánico.
Con la suerte de nuevo de nuestro lado, el sábado por la mañana encontramos un mecánico que podía hacer el trabajo el lunes, recogimos la furgoneta el mismo lunes, se la entregamos a sus nuevos dueños, confirmamos nuestros vuelos a las islas Cook (en la oficina nos habían dicho que la compañía aérea había dejado de volar a esas islas), hicimos nuestras maletas y nos fuimos a dormir con un peso menos encima. Por fin éramos libres para volar a Nueva Zelanda.
A la mañana siguiente temprano me encontraba en el aeropuerto de Sydney por segunda vez, en esta ocasión para despedirme del país, sin duda otro en la lista de los que me gustaría volver a visitar.