Malasia: una de islas y otra de jungla

Cruzar la frontera entre Tailandia y Malasia fue facil: algo más de un kilómetro a pie y nos plantamos en otro país, con otro idioma y otra cultura.

En Malasia la mayoría de la población es musulmana. Esta es quizás la principal diferencia con Tailandia, al menos a simple vista: mujeres tapadas de pies a cabeza, con el típico velo cubriendo el cabello; mezquitas en lugar de templos budistas y rezos en dirección a la Meca; y carteles en lugares públicos recordando a la población musulmana la prohibición de consumir alcohol y la multa o prisión a la que se enfrentan en caso de incumplirla.

Aunque retrasamos nuestro vuelo a Singapur, no teníamos mucho tiempo en Malasia así que elegimos sólo tres lugares de lo mucho que ofrece este país.

La primera parada fue una isla situada en la costa noreste de la Malasia peninsular: Pulau Perhentian (‘pulau’ significa ‘isla’ en malayo), nombre que en realidad hace referencia a dos islas muy juntas entre sí, una grande y otra pequeña. Nosotros nos quedamos en la pequeña.

Si algo hicimos en esta isla fue ver peces y otras criaturas marinas. ‘Snorkeling’ (me pregunto si existe una palabra en español para esto, yo la mejor traducción que he encontrado es ‘buceo con tubo’) y buceo fueron nuestras actividades diarias.

Hay una playa en la isla llamada “Turtle bay” (bahía tortuga) donde curiosamente no son tortugas lo que ves sino tiburones. Una mañana nos levantamos temprano para ‘bucearla con tubo’ y nos sorprendió encontrarla desierta teniendo en cuenta que es famosa por la oportunidad que te ofrece de hacer ‘snorkeling’ con ‘tiburones amigables’. Todavía no nos habíamos metido en el agua cuando divisamos la primera pareja de tiburones… ¡a un paso de la orilla!


La especie de tiburón que vimos fue la conocida como “black tip” (punta negra), llamada así por tener la punta de la aleta dorsal (la famosa aleta que asoma sobre la superficie en las pelis de tiburones) de color negro. Cuando son pequeños, nadan en aguas muy poco profundas. Como he dicho antes, en la misma orilla. De hecho, fue en los primeros metros donde vimos decenas de estos tiburones y en cuanto nos alejamos, dejamos de verlos. Sin embargo, había mucha más vida aparte de tiburones, como por ejemplo “blue spoted rays” (rayas con puntos o lunares azules). Acabábamos de encontrar una de éstas, cuando algo más grande nadó justo delante de nosotros: un tiburón de punta negra adulto, de un metro y medio aproximadamente, que nos dejó con la boca abierta (esto es un decir, abrir la boca bajo el agua no es nada recomendable). Todavía estábamos asimilando nuestra visión cuando otro de similar tamaño pasó nadando a poca distancia del primero. Aunque se trataba de “tiburones amigables”, verse delante de uno de éstos como mínimo infunde respeto.

Después fue el turno del buceo. Una vez recorridos y comparados los múltiples centros de buceo que hay en la isla, nos quedamos con “Turtle Divers” (muy recomendable). El primer día nos llevaron a un barco naufragado, mi primer naufragio buceando (bueno, y en general): “Sugar Wreck” (Naufragio Azúcar), llamado así porque se hundió cuando llevaba un cargamento de azúcar.
Los barcos naufragados se convierten en arrecifes artificiales que acaban albergando una gran y variada cantidad de vida marina lo que, unido a la historia del propio naufragio, los hace bastante interesantes.

En cada inmersión aprendo más, no solo sobre la técnica del buceo sino también sobre biología marina. Algo también muy interesante es el de descubrir el comportamiento de algunos animales, como el de unas gambitas que visitamos en nuestra última inmersión para que nos hicieran ¡la manicura y encima gratis! Estas gambas en miniatura, semitransparentes, “se dedican” a limpiar a todo el que se acerque a su “estación de limpieza”, ya sea pez o buceador, de pequeños microorganismos de los que se alimentan.

La siguiente parada en Malasia, y para cambiar un poco, nos llevó a la jungla, en el impresionante Parque Natural Taman Negara. Fueron tres días agotadores de “trekking” (otra vez necesito una palabra en castellano, por favor) a través de la jungla, luchando contra la humedad y nuestras viejas amigas del parque nacional Kao Sok: las sanguijuelas.

El tercer y cuarto día me embarqué con Andy en el que probablemente haya sido el reto físico más duro de mi vida. En el parque existen varias casetas construidas en alto y en plena jungla con el propósito de observar vida salvaje en su propio entorno, cuyo nombre en inglés es “hide” (escondrijo). Decidimos probar suerte con una de ellas, la que ofrecía más posibilidades de ver grandes mamíferos como tigres, elefantes y otros. Ésta era también la más alejada: algo más de 11 kilómetros andando a través de la jungla, sorteando árboles caídos por las frecuentes tormentas, cruzando riachuelos y hasta un río en toda regla.
Superados todos estos obstáculos y casi siete horas después de nuestra salida, llegamos al escondrijo agotados, con la energía justa para tumbarnos en una de las camas de madera, único mobiliario de estas casetas.



Por el camino yo había perdido la linterna, imprescindible para ver algún animal por la noche en caso de que se aventurase por los alrededores. Andy y yo esperábamos que alguien más con linterna apareciese por el “hide” pero, a pesar de que nos habíamos cruzado con dos personas, nadie más asomó la cabeza por el lugar. Así pues, solo nos quedaba hacer guardia por si “algo salvaje” aparecía antes de oscurecer. Cuando se hizo de noche, los ruidos de la jungla se intensificaron y todo lo que pudimos ver fueron sombras cada vez más oscuras, así que nos fuimos a dormir con la sinfonía de animales de fondo, para afrontar el camino de vuelta al día siguiente. Éste fue si cabe más duro, pues elegimos la ruta alternativa que era algo más corta pero más escarpada, añadiendo a los obstáculos anteriores la escalada de inclinadas paredes de roca algunas de las cuales hubiera encontrado imposible de superar si no hubiera sido por las cuerdas que alguien había instalado a propósito.
Luego estaban las sanguijuelas. Estos son los únicos animales de la jungla que salen a recibirte al paso y los únicos que tú no quieres ver. Si en la ida nos habían perseguido, en la vuelta parecían más ávidas de nuestra sangre que nunca, quizás revitalizadas por la tormenta durante la noche. En Taman Negara encontrabas frecuentemente carteles con la siguiente inscripción: “Take nothing but photographs, leave nothing but footprints”, que traducido dice: “No te lleves nada excepto fotografías, no dejes nada excepto huellas”. Yo me ví tentada de añadir a la última frase “y sangre”. Las fotos de los sufridos pies de Andy hablan por sí mismas.


Siete horas después, llegábamos al pueblo donde nos alojábamos. Un momento glorioso para mí.

Para despedirnos de Malasia, nos fuimos a otra isla, la famosa Tioman. Esta isla fue votada en una revista como una de las “top 10″ en los años 70. He de decir que en mi opinión no merece este título y en cierto modo fue una decepción.
Es cierto que gran parte de la isla es jungla y posee una variedad de flora y fauna que la embellecen. También es bonita bajo el agua, donde hemos tenido una de las mejores inmersiones de buceo, a excepción de su “parque marino” en la que solo podías encontrar decenas de “snorkellers” y no muchos peces o corales. Sin embargo, en lo que a sus playas se refiere, había zonas donde la franja de arena era tan estrecha que desaparecía con la marea alta, otras que parecían vertederos de basura y otras que simplemente no eran bonitas. Las múltiples obras que se están realizando en la isla actualmente, no ayudaban a mejorar su aspecto. Si bien es verdad que solo exploramos una zona de la isla debido a la inaccesibilidad de los demás lugares por tierra. La única manera de llegar a otras playas era por barco a un precio demasiado elevado.

Otra nota negra de la isla la encontramos bajo el agua. En una de las inmersiones de buceo, la que he mencionado antes como una de las mejores, nos encontramos la cabeza de un tiburón. Durante el resumen de la inmersión antes de saltar al agua, la guía nos había dicho que había en la zona un tiburón residente. Aparte de la cabeza, no vimos ninguno más. La explicación más probable es que lo habían pescado, le habían cortado la aleta y el resto lo habían tirado al mar. Esta es una práctica ilegal y por desgracia todavía muy habitual en Asia. El motivo es lo apreciadas que son las aletas de tiburón en la cocina de algunos países. El resultado es el rápido descenso en el número de tiburones y el consiguiente camino a la extinción.

Cuando hablo de tiburones, puede que os venga a la mente la imagen del temible “Gran Tiburón Blanco” de la película. Lo cierto es que hay una gran cantidad de especies de tiburón y la mayoría son inofensivos, lo que no quiere decir que se les pueda provocar. Los tiburones no atacan a los buceadores y normalmente se alejan en presencia de éstos.

Las Tioman fue el final de Malasia, donde dejamos la mayor parte del país por explorar y un deseo de volver.

Tres países atrás

Como dije en mi última entrada, voy a dar marcha atrás hasta volver a Tailandia, a los días del retiro budista en Suan Mokkh, a la frontera con Malasia y a la última parada, Singapur, antes de volar a Manila.

TAILANDIA: SUAN MOKKH “INTERNEICHONAL”
Así es como el abad de Suan Mokkh, Tan Ajahn Poh, se refería en sus charlas a este centro budista abierto a los “farangs” (guiris).
No fue hasta después de escuchar varias de esas charlas, que me fijé en que Ajan Poh no tenía escritos sus discursos y ni siquiera utilizaba notas. Lo que me maravilló de esto fue la calma con que hablaba, su concentración, la precisión de sus palabras, como si las estuviera leyendo, sin cometer un solo error y, a pesar de su acento que a mi me costaba un poco entender, su alto nivel de inglés. Aún más, durante todo el tiempo del discurso ni siquiera modificaba su posición de loto un centímetro.
Esa manera de estar y actuar está estrechamente relacionada con las enseñanzas budistas. Creo que, los que no sabeis nada acerca de budismo, comprenderéis mejor a lo que me refiero cuando sigáis leyendo.
Para ello, unas explicaciones previas.

Buddha
En primer lugar, aclarar que el término sánscrito Buddha significa “despertar” o “saber” y se aplica a cualquier persona que haya alcanzado la iluminación.

El personaje histórico conocido como Buddha nació hace unos 2500 años en lo que hoy es Nepal, en el seno de una familia noble. Se llamaba Siddhartha Gautama y su padre era el rey del clan que poblaba la región.
Al nacer, un brahmán predijo que Siddharta sería un líder mundial o un maestro religioso. Con la esperanza de evitar lo segundo, su padre le crió en palacio colmado de placeres y alejado de las realidades amargas de la vida. Pero Siddharta tuvo curiosidad por conocer el mundo exterior y pidió permiso a su padre para salir de los límites de palacio. Aunque éste accedió, dispuso que despejaran las calles de cualquier signo de miseria. Sin embargo, en esta salida Siddhartha vio por primera vez un viejo, un enfermo y un muerto. Este descubrimiento le traumatizó y provocó que a la edad de 30 años abandonase palacio en busca de la respuesta a la felicidad en una vida sujeta a tan cruel destino: la vejez, la enfermedad y la muerte.

Siddhartha halló la sabiduría que buscaba dentro de sí mismo, cuando en la culminación de sus meditaciones tomó conciencia de que se había liberado de toda pasión. Fue entonces cuando se convirtió en Buddha “el Iluminado”.

Anapanasati
Es la técnica de meditación budista que se enseña en Suan Mokkh.
Consiste en la observación continua de la respiración, tanto al inhalar como al exhalar. Fijando la atención en ésta se persigue, en un primer estadio de la meditación, el aumento de la concentración, expulsando cualquier pensamiento que aparezca en la mente anclado en el pasado o ansiando el futuro. El budismo nos enseña la inutilidad de vivir en el pasado o el futuro y de esta manera, fijándonos en nuestra respiración, aprendemos a vivir en el presente.

Hay que recalcar que la meditación es solo un instrumento para alcanzar el fin último, la iluminación, y aumentar la concentración no es más que el primer paso de un proceso de varias etapas más complejo. Simplificando, es una técnica de observación de la mente y la materia que persigue la comprensión del concepto de impermanencia (en la vida nada permanece, todo pasa, todo cambia) y la inexistencia de un “ego”, de un “yo”.

Si bien el objetivo es llegar a ser un Buda, un iluminado, la meditación nos reporta beneficios para nuestra mundana vida diaria en cualquiera de sus pasos.

El retiro en Suan Mokkh
Durante los diez días debíamos cumplir unas reglas, primero para tener éxito en nuestro aprendizaje de la técnica de meditación y segundo por propia congruencia con el budismo. Eran las siguientes:

  • mantener completo silencio
  • abstenerse de destruir cualquier forma de vida

    No es que tuviéramos que andar de puntillas, mirando al suelo con lupa como si fuéramos naturalistas identificando insectos para no plantar nuestras pezuñas sobre una inocente hormiga. Los accidentes no cuentan. Se trataba de no dañar a ningún ser vivo, desde el insecto al ser humano, a propósito.

    Todas las instalaciones se encontraban en plena y perfecta harmonía con la naturaleza y, como nos dijeron el primer día, los animalillos que vivían allí eran nuestros anfitriones y nosotros los huéspedes. Esto significaba ser huésped también de escolopendras (como un ciempiés pero venenoso), escorpiones y serpientes. Por ello, el primer día nos enseñaron cómo devolver uno de estos a la naturaleza sano y salvo si se daba el caso de encontrarlo en nuestra habitación o, mejor dicho, su habitación. A la entrada del albergue había un cubo y una cartulina donde estaba escrito “scorpion/centipede”, las herramientas a usar en caso de visita. Se coloca el cubo boca abajo sobre tu anfitrión, se desliza la cartulina entre cubo y superficie (el bicho queda sobre la cartulina), y se alza todo el conjunto con cuidado. A continuación, andas lo más rápido que te permitan tus piernas sin tirar cubo y/o cartulina y poniendo cara de “llevo un escorpión/escolopendra” a todo el que te cruces por el camino (recuerda que no puedes hablar, ni siquiera en un caso como este).

    De las serpientes sólo nos dijeron que eran tímidas y que normalmente se iban en cuanto notaban presencia humana. Sólo quedaba cruzar los dedos para que ninguna venciera la timidez y se animase a presentarse. Yo no ví ninguna. En cuanto a los otros, sólo tuve el gusto de conocer a una escolopendra que se había instalado bajo mi estera de meditación en la sala principal. Lo descubrí cuando levanté ésta para limpiarla. Mi anfitrión salió corriendo para esconderse en otra parte.

    Una noche, a una de las chicas le picó una escolopendra cuando hacíamos “meditación andando en grupo”. Como no podíamos hablar, no me enteré muy bien de cómo pasó ni de qué remedio le dieron. Solo ví que se sentaba como si estuviera mareada y luego unos monjes aparecieron con un ungüento y unas vendas. Al día siguiente, la chica seguía el curso del retiro normalmente, con el pie vendado. Andy y yo la habíamos conocido brevemente pues viajamos juntos hasta Suan Mokkh, pero no pude preguntarle al terminar el retiro porque abandonó un par de días antes.

  • abstenerse de coger lo que no te pertenece sin permiso
  • abstenerse de cualquier actividad sexual, mental, verbal o física
  • abstenerse de fumar o intoxicarse con cualquier droga (incluido el alcohol)
  • abstenerse de cenar (la última comida era a las 12:30)
  • abstenerse de llevar joyas o adornos y de usar cosméticos
  • abstenerse de entreterse mediante la lectura, escritura, radio o televisión
  • abstenerse de dormir o sentarse en camas o sillas lujosas

    Por cama lujosa aquí se entiende cualquier cama con colchón y/o almohada. Nuestras espartanas habitaciones constaban de cuatro paredes y suelo de cemento gris, una plataforma de cemento gris a la altura de la cintura sobre la que se extendía una alfombrilla de paja, es decir, la cama, y un hilo a lo largo de una pared del que colgaban algunas perchas. En la cama, la famosa almohada de madera, literalmente un trozo de madera con la superficie cóncava en su mitad, diseñada para el reposo del cuello o cabeza, a gusto del usuario. El primer día, con la llave de la habitación nos dieron además una red para mosquitos, y otros insectos, y una manta.

Además de estas reglas, en el retiro la separación entre hombres y mujeres era completa. Los dormitorios de unos y otros se encontraban en edificios diferentes; en el comedor, las chicas nos sentábamos a la derecha y los chicos a la izquierda; en la sala de meditación principal, la distribución era la opuesta; y el resto de salas, las de meditación libre, también se asignaban por sexos según la actividad en cada momento, como por ejemplo yoga.

Cumpliendo estas normas, los beneficios básicos del retiro son (traducción de www.suanmokkh.org):

  • Al estar totalmente aislado durante 10 días y encontrarse solo contigo mismo y con tu mente, tienes la oportunidad de conocerte de verdad. No hay modo de escapar pues no hay nadie con quien hablar, radio que escuchar o televisión para mirar, ni libros para leer, nada que escribir. De esta manera, estás obligado a mirarte a ti mismo, a mirar dentro de ti y leer en tu mente. Una oportunidad como esta es muy rara en la vida cotidiana.
  • Aprendes a enfocar tu mente en una cosa al tiempo y no dejarla que se disperse. Así puedes ejecutar cualquier tarea de manera más efectiva y eficiente.
  • Aprendes a estar “aquí y ahora”, en el momento presente con toda tu atención y concentración en lo que estás haciendo en este momento.
  • Al estar totalmente enfocado en el aquí y ahora, dejas las preocupaciones del pasado y las ansiedades sobre el futuro. De esta manera te liberas del estrés y el sufrimiento y te vuelves más relajado, calmado, sabio y te sientes en paz.
  • Aprendes sobre sentimientos y emociones, cómo tratarlos de manera correcta y liberarte de su influencia y control. El resultado es una vida más feliz y en paz.
  • El entrenamiento de la conciencia con Anapanasati y las charlas que se dan en el retiro, son herramientas que puedes aplicar en situaciones cotidianas de tu vida y tus problemas haciendo que tu vida sea más simple, sana, feliz y libre de estrés.

Unas reflexiones finales. Tal como yo lo veo, el budismo no es una religión en el sentido estricto de la palabra ni tampoco una teoría filosófica como algunos lo tratan hoy en día. En todo caso se podría ver como una combinación de ambos y aún así, el todo no es la suma de las partes sino algo más complejo.
Buddha no fue o es un dios ni tampoco predicaba el culto a un dios. Todas sus enseñanzas se basan en su propia experiencia en la vida pues conforman la respuesta que él buscaba a la naturaleza de la misma. Puesto que estas enseñanzas parten de una experiencia real y todos los seres humanos estamos sujetos al mismo destino, son válidas para cualquiera y cualquiera se puede beneficiar de ellas. Coherentemente, nadie que vea en el budismo un beneficio y quiera aplicarlo en su vida, está obligado a renegar de su propia religión para “convertirse al budismo” o algo por el estilo y, por supuesto, no entran en conflicto.
Por último, algo que me gusta especialmente del budismo es la idea de no creer cualquier cosa “a pies juntillas”, sino aprender de la propia experiencia. El mismo Buddha dijo que llegado un momento ningún maestro es capaz de enseñar más y uno debe experimentar por sí mismo para aprender, y discrepar si la propia experiencia se revela distinta a la enseñanza.

Y ahora mi experiencia, aunque lo más personal me lo guardo para mí.

Nuestros días en el retiro comenzaban a las 4 de la mañana con el toque de campanas que, a pesar de la hora, era más agradable que cualquier alarma de despertador que se haya inventado.
No creáis que el encargado de despertarnos se limitaba a aporrear la campana. No, el toque duraba unos 10 minutos y cada golpe e intérvalo variaba en duración. Primero comenzaba con toques largos, separados entre sí, seguía con varios más cortos y seguidos para acabar con otros un poco más largos, pero no tanto como los primeros, cada uno de intensidad menor al anterior, como perdiéndose en la lejanía. ¡Buf!, sería mejor escucharlo que imaginárselo con esta descripción pero desafortunadamente no tenía la grabadora conmigo.

Una vez lista, cogía mi linterna y me dirigía a la sala de meditación principal donde teníamos que estar todos a las 4:30 para escuchar la lectura matutina, a la que le seguía media hora de meditación. Después de tratar de meditar con los mosquitos zumbando en mis oídos, seguía a Nun Aree a otra sala de meditación para nuestra sesión de yoga. Esta era una de las partes del día que más me gustaban, no solo por el yoga en sí sino también por la alegría que transmitía Nun Aree mientras nos contaba alguna anécdota o consejo para nuestra salud.

Nun Aree era una monja budista de casi 50 años que, como nos contó un día en una clase, veinte años atrás buscó un sitio donde morir después de que los médicos le dijeran que no le quedaba mucho tiempo. El sitio que encontró para retirarse fue el monasterio de Suan Mokkh, donde empezó a practicar yoga. Tiempo después se convirtió en monja budista, algo que como ella misma dijo, nunca hubiera imaginado.
No solo ahora goza de buena salud sino que además parece mucho más joven de lo que es y, para vergüenza de las chicas de veinte y treinta que no nos tocábamos los dedos de los pies con las manos, su flexibilidad era increíble.
En la clase de yoga, el ejercicio más importante era una serie de posiciones, ejecutadas de manera seguida y que repetíamos 12 veces, conocida como “Sun Salutation” (“Saludo al Sol”). Este ejercicio coincidía exactamente con el amanecer. Puesto que estábamos rodeados de naturaleza, la escena que contemplábamos cada mañana saludando al sol era privilegiada.

Ya con la luz del día, nos dirigíamos de nuevo a la sala principal para escuchar una charla de un “dhamma” (amigo). Como nos explicaron el primer día, allí no había ni maestros ni alumnos sino “dhammas”, que éramos todos. Las charlas normalmente trataban aspectos prácticos de la meditación o de budismo. Luego, a meditar otra vez.

El día que nos registramos, cada uno debía escoger una tarea de la que ocuparse durante toda la estancia. Aunque Andy y yo llegamos temprano, las “mejores” tareas ya estaban cogidas y las que quedaban implicaban barrer o limpiar servicios. Como a mí me dolía un poco la espalda, busqué algo que no la empeorase y me apunté a leer el “food reflection”, una pequeña oración que debía leer ante todos los comensales antes del desayuno (la de la comida la leía un chico). Decía así:

With wise reflection I eat this food
Not for play not for intoxication
Not for fattening not for beautification
Only to maintain this body
To stay alive and healthy
Thus I let go of unpleasant feelings
And do not stir up new ones
Thereby the process of life goes on
Blameless, at ease and in peace

Traducido sería algo así:

Con sabia reflexión como estos alimentos
No para jugar, no para intoxicarme
No para engordar, no para embellecerme
Solo para mantener este cuerpo
Para seguir vivo y sano
Así dejo ir sentimientos desapacibles
Y no remuevo otros nuevos
De esa manera el proceso de la vida continua
Sin culpa, en calma y en paz

Cada frase la leía en voz alta y el resto repetían después.

Después del desayuno teníamos tiempo libre, que casi todo el mundo empleaba en lavar ropa y en la actividad favorita del retiro, al menos de las mujeres: bañarse en el “hot spring”. El hot spring era una fuente natural de agua caliente, como una piscina pero de rocas, rodeada de vegetación y con el agua a unos 40 grados. Yo no perdía una oportunidad para meterme en el puchero, pues me iba genial para los dolores musculares provocados por las posturas en meditación. Por supuesto, no más de cinco minutos, que si no ya pasaba del beneficio al perjuicio.

El siguiente toque de campanas nos indicaba que era la hora de otra charla de un dhamma, casi siempre de Tan Damavidu, un británico convertido en monje budista. Después de pasar por varios países donde la religión principal es el budismo, ya estaba acostumbrada a ver monjes y novicios, pero siempre con rasgos asiáticos. Encontrarse de repente con un monje con ojos azules y piel blanca me resultó cuanto menos chocante, pero más chocante fue escuchar su discurso inteligente y rebosante de humor británico. Durante una hora y media aproximadamente a menudo rompíamos nuestro voto de silencio con nuestras risas y aquello parecía más el club de la comedia que una charla budista. Aunque yo creo que solo los británicos podían entender cien por cien su humor. Siempre que se me escapaba alguna broma, lamentaba no tener a Andy al lado para preguntarle “¿quéeeee?”.

A continuación, más meditación, la comida a las 12:30, tiempo libre, y otra sesión de humor con Tan Damavidu. Después de meditar andando por el recinto del retiro venía el “chanting” o, lo que es lo mismo, cantar oraciones budistas en pali, la lengua en que Buddha transmitió sus enseñanzas y que hoy es una lengua muerta.

La hora del té era en realidad la del chocolate, del que yo me tomaba no menos de dos tazas ni más de tres y media cada tarde. Como casi cada día había abandonos, algunas de las tareas se iban quedando sin hacer y, puesto que leer la oración del desayuno no me agotaba que digamos, me apunté a limpiar las mesas después del chocolate. Esto me dejó menos tiempo para el “hot spring” de la tarde, pero todavía me las arreglé para remojarme unos minutos y siempre era la última en el agua antes de prepararme para la última sesión de meditación.

Para mi, las sesiones de meditación durante la noche fueron las más duras. Me costaba mucho más concentrarme y la mente bailaba de un pensamiento a otro con libertad. Además estaban los mosquitos, que yo juraría que me estaban esperando para colocarse uno en cada oreja una vez había cruzado las piernas en posición de meditación y cerrado los ojos.
Esta dificultad la achaqué al cansancio y de hecho, cuando terminaba la última media hora de meditación sentada, esperaba ansiosa el momento de subirme a la cama de cemento y posar mi cabeza en la almohada de madera.

Así pasaron diez días, con algunas modificaciones el noveno y décimo. Por ejemplo, el día nueve sólo tuvimos una comida, el desayuno, y la hora de la comida la sustituimos por una del té. La razón para esto, según Ajahn Poh, es que menos alimento para el cuerpo era más alimento para la mente, pues este día tuvimos todo el día para meditar de forma libre e individual.

El día 11 nos levantamos a la hora acostumbrada, recogimos nuestras cosas y la hora del desayuno marcó el fin del silencio. Después de convivir diez días con un montón de gente y los labios sellados, es extraño volver a hablar y “encontrarte” con esa gente pero, tras unos minutos, el reencuentro fue de lo más natural y las presentaciones siguieron al parloteo y el intercambio de direcciones de correo. Parecía que durante el largo silencio algunos lazos invisibles nos habían unido.

El ecuador en Filipinas

Ahora que me he comprado un portátil, se acabaron las excusas para no llevar este blog al día…

En estos momentos, eso significa pasarme largas horas delante de mi nuevo juguete pues me doy cuenta de que, para los que me leéis, aún sigo en Tailandia, mientras que la realidad me sitúa en Puerto Galera (Filipinas). ¿Y qué ha pasado entre estos dos puntos del globo? espero que os preguntéis… Pues en breves titulares; buceo por barcos hundidos, ‘snorkeling’ con tiburones, 11 km. de ‘trekking’ en la jungla, una maratón de ‘shopping’ y dos países: Malasia y Singapur.

Más adelante haré marcha atrás para recuperar estos países y mis experiencias en ellos, pero ahora prefiero quedarme en el presente.
Hoy es día 10 de junio, lo que significa que hace exactamente 6 meses que dejé la vieja Europa para aventurarme por estas latitudes del mundo. Cuando uno lleva tanto tiempo viajando, entiéndase un ¨tanto¨ relativo pues hemos encontrado gente viajando durante 4 años o incluso más, parece que uno ha hecho esto toda la vida y lo que en principio era novedad, se convierte en algo natural y hasta rutinario.
En ocasiones, principalmente cuando tienes que cargar con las mochilas de 18 kg. para ir a una estación de autobuses y encontrar que tu autobús es un cacharro lleno de gente, sin asientos libres, sin maletero para tus numerosos bultos y que parece que se va a desmontar en cuanto lo arranquen, echas de menos la vida libre de obstáculos, cómoda y predecible de jornadas de lunes a viernes y fines de semana.
En otras ocasiones, estás desayunando en un restaurante de las islas Tioman, a punto de coger el ferry que te llevará a la península donde tienes que subirte al primer autobús con destino a Singapur, y ves un anuncio en la televisión de la Copa de América de Vela en Valencia, tu ciudad, y te sorprendes gritando “¡Valenciaaaa!” un poco más alto de lo que el acontecimiento merece.
Y otras veces, llegas a Manila y te pasas una hora metida en un taxi atascado en el tráfico en el camino del aeropuerto a la zona de pensiones baratas para mochileros y cuando llegas y buscas habitación descubres que no son tan baratas y tienes que recorrer las calles para comparar y cuando encuentras algo medianamente decente por algo más de lo que pensabas gastar decides que a las 6 de la tarde ya es hora de cenar porque no has tomado nada desde la ligera comida de Aerolíneas Singapur y miras la guía y lees “Casa Armas. Paella, cochinillo, fiery shrimp gambas (¿gambas picantes?), tapas and other Spanish specialities (y otras especialidades españolas)…” y antes de que puedas decir ‘jamón serrano’, ya estás salivando.

Entonces te das cuenta de que tienes pequeños ataques de morriña.

En Manila solo estuvimos un día. Lo justo para cenar en ‘Casa Armas’ una tortilla de patata, una tabla de jamón serrano, chorizo y queso, gambas a la plancha, croquetas y banderillas con olivas, todo ello regado con cerveza San Miguel. Y para contribuir a la noche de morriña española, un grupo Filipino se acercó a nuestra mesa a cantarnos temas populares en mi idioma (que ya no tengo muy claro cual es, dicho sea de paso). De repente me sorprendí tarareando “Bésame mucho”, “Cuando calienta el sol” y otras canciones no precisamente de mi estilo.
Aunque era viernes noche y estábamos en la zona de marcha, cuando salimos del restaurante las calles no hacían honor a la frase de la guía “uno de los lugares con la vida nocturna más espectacular en Asia”. Ni falta que hace. Después de un día tan agotador, solo nos quedaba energía para recorrer los pocos metros que separaban ‘Casa Armas’ de ‘Malate Pensionne’. Sin embargo, a eso de medianoche, la vida nocturna más espectacular de Asia llegó hasta mis oídos desde discotecas, bares y gente en las calles. Llegados a este punto, ya había tenido suficiente ‘typical spanish’ y ahora solo quería dormir, algo que se convirtió en misión imposible con el calor unido al ruido.

Aparte de la vida nocturna y a pesar de haber sido una colonia española, no parece que haya mucho de español en Filipinas. Sí quedan reminiscencias de la época como algunos edificios coloniales, nombres de calles y palabras en el idioma filipino, llamado tagalog, que pronunciadas son exactamente igual o parecidas al castellano. Me preguntaba qué méritos había hecho en Manila mi amigo Pedro para que le dedicasen una calle mientras pedía indicaciones para ir a Pedro Gil Street.
Sin embargo, otras características vivas de la cultura filipina hacen referencia a tiempos más modernos y a otros países: el segundo idioma es el inglés y los curiosos vehículos que funcionan como transporte público son jeeps que el ejército americano abandonó después de la II Guerra Mundial y que los filipinos reciclaron para otros propósitos. Entonces dejaron de ser jeeps para convertirsen en ‘jeepneys’.

Pues este es el ecuador… en Filipinas. Hemos hecho la ida y ahora queda la vuelta, la mayor parte en otro hemisferio y de camino a occidente.

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De vuelta al mundo

El retiro quedó atrás hace cinco días y ahora nos encontramos en Surat Thani, esperando nuestro tren de medianoche destino a la frontera con Malasia.

El retiro de diez días en “Suan Mokkh International”, centro dedicado especialmente a los ‘farangs’ (guiris en tailandés), ha sido una experiencia interesante que merece una entrada propia en este blog. Pero antes he de meditar lo que voy a escribir y cómo pues es una experiencia que necesita un periodo de asentamiento. Así que me voy a ir de momento al ‘antes’ y el ‘después’, no sin antes dejaros el enlace, lo que olvidé en la entrada anterior, a la página de Suan Mokkh, para quien tenga más curiosidad.

http://www.suanmokkh.org/ Por desgracia, solo en inglés

El ‘antes’ fue la isla de Koh Tao, uno de los destinos preferidos en Tailandia para aprender a bucear. De hecho, en esta isla hay más de 30 escuelas de buceo. Mi idea original había sido hacer el curso avanzado de buceo en la misma escuela en que Andy aprendió a bucear hace unos tres años.
Lo primero que hicimos al bajar del barco fue dirigirnos al centro de buceo, lo que no fue muy difícil ya que desembarcamos justo enfrente de ésta. Allí nos recibió Sandra, una chica sueca de madre chilena que resultó ser uno de los Divemasters (el primer título de buceo profesional). Nos dijo que Mark, el que había sido el profesor de Andy, había vendido su parte de la escuela y ya no vivía en Koh Tao. Aunque el único motivo de dirigirnos directamente a “Masters Divers” era la buena experiencia de Andy con Mark, reservamos plaza para las inmersiones del día siguiente. Después, nos dirigimos a nuestra cabaña en una remota playa, alejada del ruido y ajetreo de la playa principal, llamada Freedom Beach.

Después de mi primer día de buceo, decidí no hacer el curso avanzado en Koh Tao, en parte porque pensé que me venía bien tener más experiencia antes de ir un paso más allá y en parte porque la escuela no me convenció. Aunque Sandra era una excelente Divemaster (todas las inmersiones las hicimos con ella) el equipo de la escuela era deficiente. Prácticamente todos los días alguien tenía que cambiar su regulador y las únicas aletas de mi talla estaban medio rotas. Además, independientemente de mi nivel de inglés, decidí que era preferible hacer un curso de estas características en español.
A pesar de estas pegas, salimos a bucear casi todos los días y tuvimos unas inmersiones estupendas, en gran parte gracias a Sandra que nos iba señalando cuanto veía interesante e incluso nos daba alguna breve explicación en su pizarra subacuática.

En dos inmersiones tuvimos la suerte de ver una Green Turtle (Tortuga Verde), criatura que me fascinó. La primera la vimos ya en la superficie, justo en el momento en que emergíamos. La tortuga había salido a la superficie a respirar y acto seguido se lanzó a las profundidades a alimentarse en una roca. Gracias a la buena visibilidad, pudimos observarla durante un buen rato desde la superficie, simplemente manteniendo la cabeza bajo el agua.
El nombre de la isla, Koh Tao, significa Isla Tortuga, debido a que tiempo atrás las tortugas eran muy comunes en las aguas que rodean la isla. Hoy, el número de ellas se ha reducido notablemente, así que tuvimos suerte de ver dos seguidas.

Pero la mejor inmersión de todas fue la última, en un lugar de buceo llamado Chumpon. Era mi immersión número 15, que siempre recordaré como la primera en la que ví un Tiburón Ballena (Whale Shark).
El Tiburón Ballena es el pez más grande que existe (demos un repaso a las clases de biología y recordemos que la ballena no es un pez sino un mamífero). Este era un ejemplar de solo 4 metros, pues era una hembra joven, pero estos inofensivos peces gigantes pueden medir hasta 15 metros.

Acabábamos de sumergirnos y me estaba ajustando las gafas cuando Andy me tocó un hombro para llamarme la atención y apuntó justo encima de nosotros. Durante un segundo solo veía buceadores (por desgracia habíamos coincidido con un barco cargado con una veintena de buceadores) y el segundo siguiente casi me da un vuelco el corazón al ver nadando sobre nuestras cabezas al tiburón, con sus peces acompañantes sobre lomo y abdomen (rémoras, si no recuerdo mal). El tiburón no parecía estar asustado en absoluto por la cantidad de buceadores que lo seguían apuntándole con cámaras subacuáticas de todo tipo. Muy al contrario, se dió varias vueltas nadando entre todos nosotros. Sandra, Andy y yo continuamos con nuestra inmersión, apartándonos de la masa de buceadores que agobiaban al tiburón y no se fijaban donde ponían sus aletas (uno me dio una patada en la cara haciendo que casi perdiera mi regulador, y ni siquiera se enteró).
Una vez en el barco, cuando ya me había desprendido de todo el equipo y tenía el traje de neopreno por la cintura, nuestro capitán gritó: Whale Shark!. Yo no podía ver el tiburón, que nadaba a ras de la superficie, pero sí a todos los buceadores que lo seguían. Se dirigía directamente hacia nuestro barco. Inmediatamente, todos los que ya estábamos a bordo nos pusimos nuestras gafas de buceo, aletas, tubo de bucear, o lo que nos dió tiempo a coger (yo solo me puse las gafas) y nos tiramos al agua. Cuando me tiré desde el barco, me llevé una sorpresa tremenda al verme justo delante del tiburón, cara a cara, pues no había imaginado que estaba tan cerca. El tiburón pasó un buen rato nadando cerca de nuestro barco, haciendo ochos, y parecía que se encontraba muy a gusto entre los buceadores. Aunque yo no me dediqué a seguirlo, en parte porque no tenía aletas y el oleaje era fuerte, varias veces estuve muy cerca, pues se aproximaba mucho a la gente. Andy incluso pudo sacar varias fotos de su aleta izquierda, donde los puntos blancos característicos de esta especie de tiburón presentan un dibujo único en cada individuo, una especie de huella dactilar que permite identificar cada ejemplar avistado e incluirlo en una base de datos. El Tiburón Ballena es una especie en peligro, por lo que este trabajo de identificación de ejemplares cobra bastante relevancia.



El avistamiento del tiburón en nuestra última inmersión fue la perfecta despedida de Koh Tao. Esa misma noche cogimos el barco a Surat Thani, cerca de nuestro retiro en Suan Mokkh.

El ‘después’ de Suan Mokkh está en el Parque Nacional de Khao Sok, del que hemos salido hoy mismo. Se trata de un parque natural enmarcado en una de las junglas tropicales más antiguas de la Tierra.

Estamos en la estación de lluvias, así que ha llovido la mayor parte del tiempo que hemos pasado en el parque, lo que ha hecho muy dificil ver fauna salvaje. De hecho, no hemos visto ningún animal aparte de caracoles enormes, algunas mariposas y sanguijuelas. Estos últimos son seres asquerosos. A pesar de las enseñanzas de Buddha de amar a todos los animales, me cuesta siquiera tenerles aprecio a esta especie de gusano babosa que se pega a alguna parte de tu cuerpo, te provoca una pequeña incisión en la piel con sus diminutos dientes, te inyecta una substancia anticoagulante y te chupa la sangre, un volumen equivalente a varias veces el suyo propio. La buena noticia es que, una vez te han chupado la sangre, se quedan saciados para unos seis meses o más. La mala es que hay tantos, que te tocan a varios por día. El truco: subirse los calcetines por encima de los pantalones y según dicen, aunque yo no lo he probado, meterse tabaco dentro de los calcetines. Por lo visto no les gusta el olor a tabaco.


A pesar de estas criaturillas repelentes, hicimos varios trekkings y una excursión de dos días a un lago enorme dentro del parque. En realidad no es un lago natural sino una presa construida por la Compaña Eléctrica Tailandesa que, según he leído, ha tenido consecuencias muy negativas para el ecosistema del parque. Aún así esta fue nuestra base para explorar los alrededores en dos excursiones a dos cuevas cercanas, para salir en kayak e incluso para dormir. En el ‘lago’, se encuentran varias casas flotantes para alojar a los turistas que pasan allí la noche, y la verdad que es una experiencia bonita levantarse por la mañana rodeado de naturaleza y escuchando la jungla, porque aunque no es fácil ver animales salvajes, escucharlos es otra cosa. Por ejemplo, era muy normal escuchar el grito del macaco por la mañana temprano.



La primera cueva que visitamos, Namtaloo, es una cueva por la que pasa un río subterráneo. Como había llovido los últimos días, éste estaba crecido y no pudimos atravesar toda la cueva. Sin embargo, andamos, trepamos y nadamos 300 metros dentro de la cueva, en algunos lugares luchando contra la fuerte corriente del agua. Toda una aventura y una maravilla de la naturaleza que admirar.

La segunda cueva fue más fácil pero no menos bella. De hecho se llamaba la Cueva de Coral, una formación de estalagtitas y estalagmitas que parecían arrecifes de coral. Otro ejemplo de la belleza y paciencia de la naturaleza.

Por último, si algo tengo que destacar de esta excursión de dos días es la comida. En cantidad y exquisita. Además de muchos platos típicos de la cocina tailandesa, comimos pescado recién cogido por el capitán de nuestra barca, que aprovechaba cada ocasión en que nosotros hacíamos alguna ruta por tierra para pescar mientras nos esperaba.

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Me retiro por diez días

Estamos a punto de ingresar en un retiro budista de 10 días en el monasterio de Suan Mokkh, 50 kilómetros norte de Surat Thani (Tailandia). De hecho, esta mañana temprano hemos rellenado el formulario de inscripción, nos han asignado una habitación y “nos han dejado” tiempo libre para resolver asuntos de última hora antes de entrar esta tarde a las 4. Después de esta hora, deberemos mantener silencio, aprender a meditar y llevar una vida austera durante diez días.

Así pues, os dejo durante este tiempo (espero no abandonar antes) y después volveré para contaros sobre la semana que acabamos de pasar en Koh Tao buceando. Además me falta poner algunas fotos en la entrada anterior, que no me ha dado tiempo a terminar antes del retiro.

Perdidos en el paraíso

Este paraíso tiene el nombre de Koh Wai, una pequeña isla situada en el Golfo de Tailandia.

Allí fuimos a parar después de recorrernos en bicicleta Angkor Wat, esa inmensa ciudad de templos que fue en su dia capital del reino de Camboya. Koh Wai fue el sitio perfecto para recuperarnos de los tres días intensivos pedaleando de templo en templo. Por este motivo, el estar demasiado ocupados visitando una de las maravillas mundiales y habernos perdido después en una islita casi desierta, he desatendido mi blog durante tanto tiempo.

Pero voy a seguir donde lo dejé, por eso de llevar un orden más o menos cronológico y no perderos a vosotros también.

De Vietnam salimos por el delta del Mekong, en un viaje de dos días combinando autobús y barco, que nos llevó de Saigon a la capital camboyana Phnom Penh.
Aquí en el sur, de nuevo noté una gran diferencia con el norte de Vietnam. La gente es más amable, sonríen y saludan al turista, sobre todo los niños, que normalmente te encuentras chapoteando y saltando a orillas del río. Cuando ven una barca con turistas gritan a pleno pulmón ‘hello!’ mientras saltan al agua al estilo ‘bomba’ o te saludan con la mano. Me pregunto si la diferencia de carácter tiene que ver con que las tierras del delta fueron parte de Camboya en cierta época de la historia.

El estilo de vida de la gente está dominado por el delta, convirtiéndose éste en hogar y alimento de la gente del lugar. Los pescadores viven sobre sus aguas, las trabajan y venden sus productos en los mercados flotantes, donde la tienda del mercader es su propia barca.
El río Mekong va a morir al sur de Vietnam después de haber pasado por Tibet, China, Tailandia, Birmania, Laos y Camboya, no sin antes desplegar vida a su alrededor.

En Phnom Penh, principalmente nos dedicamos a conocer algo más sobre los oscuros y terribles años del gobierno de Pol Pot. Allí visitamos la prisión escuela convertida en museo Toul Sleng o S21. Ésta es la más famosa de las prisiones del régimen de Pol Pot, un complejo de varios edificios que había sido anteriormente una escuela y que los Jemeres Rojos convirtieron en una cárcel donde torturaban y mataban a toda clase de personas, incluidos niños. Lo que se ve allí conociendo la historia es espeluznante. Yo tenía conocimiento sobre la masacre que se llevó a cabo en Camboya entre 1975 y 1979, pero no en detalle. Ahora, cuanto más información tengo, menos comprendo y me pregunto qué tipo de enfermo mental era ese que se hizo llamar a sí mismo Pol Pot. Por dar unos datos, su objetivo era convertir a la sociedad camboyana en una sociedad fundamentalmente agraria e ignorante. Abolió la moneda, el comercio, el arte, la música, la religión, escuelas, hospitales, templos y no sé cuántas cosas más. Obligó a la población a abandonar las ciudades y desplazarse al campo, donde debían trabajar la tierra todo el día y sin embargo no tenían apenas alimentos para comer, lo que provocó que muchos murieran de hambre y enfermedades. Y mandó matar a intelectuales, funcionarios del anterior gobierno, extranjeros, monjes y, básicamente, a cualquier sospechoso de no simpatizar con los Jemeres Rojos. Su pretensión era “volver” a lo que él llamaba ‘Año Cero’, es decir, a un total retroceso del progreso humano, a una sociedad parecida a la que debió vivir en la Edad de Piedra, diría yo.
además de la prisión S-21, están los campos de exterminio a las afueras de la capital. Allí se pueden ver grandes cráteres en la tierra que no son más que las excavaciones de las fosas comunes en las que se encontraron los cadáveres de miles de camboyanos. Y en medio del lugar, a modo de monumento a las víctimas, una enorme urna de cristal con los cráneos de miles de personas ejecutadas.
Hace poco terminé de leer un libro titulado “First They Killed My Father” (no conozco el título en español, pues lo leí en inglés) que es el testimonio de una niña que tenía 5 años cuando Pol Pot subió al poder y comenzó el infierno para los camboyanos. La historia es brutalmente aclaradora para saber qué pasó y cuáles fueron las consecuencias de la locura de un hombre, pero una vez más no acierto a comprender. La pregunta que uno se hace al pasar cada página es ¿por qué? y claro, esa niña de cinco años tampoco puede responder.

En Phnom Penh nos hicimos amigos de Veasna Yim, un camboyano que tenía un pequeño negocio de sandwiches donde íbamos a comer muchas veces. No se puede decir que fuera un bar, pues no era más que un recinto de un par de metros cuadrados de su casa, abierto a la calle, donde tenía dos mesas, preparaba sandwiches y vendía bebidas. Era un hombre simpatiquísimo, siempre con la sonrisa en la cara y dispuesto a responder a nuestras preguntas y explicarnos todo lo que queríamos saber. El primer día en Phnom Penh, nos enteramos gracias a él de que se estaban celebrando una especie de ‘elecciones regionales’. Aunque no eran las generales, se puede decir que el resultado era un preludio de lo que pasará el año que viene en éstas. No sé cómo está la situación política en Camboya actualmente, pero me enteré de algunos datos que me sorprendieron: en primer lugar, las elecciones tuvieron que ser supervisadas por voluntarios de una organización internacional de derechos humanos porque en años anteriores había habido hasta disparos con pistolas; en segundo lugar, el líder del partido del gobierno, que volvió a ganar las elecciones ese mismo día, es un antiguo Jemer Rojo; y, por último, Veasna nos contó que el gobierno va a confiscar todas las propiedades alrededor del lago, donde nos encontrábamos nosotros, obligando a todos los que tienen vivienda o negocios en el lugar a abandonarlos a cambio de una mísera suma de dinero, incluyendo a nuestro amigo. La razón del gobierno para hacer esto es que va a rellenar el lago con tierra y va a vender toda la zona a alguna empresa internacional, coreanos si no me equivoco, que va a construir hoteles y comercios. No parece que sea un problema para los numerosos hostales dirigidos por extranjeros, que simplemente pueden mover su negocio a otro sitio o coger el dinero y seguir con sus vidas. Pero para los camboyanos, como Veasna, supone abandonar su hogar y versen obligados a emigrar a zonas rurales y vivir del campo porque no pueden permitirse la vida en la ciudad. Así nos lo contó Veasna. Eso es lo que piensa que hará él, pero nos lo dijo con una sonrisa y sin el menor asomo de resentimiento.
Un detalle sobre Veasna; aprendió inglés clandestinamente en su casa, y por cierto muy bien, cuando en los años posteriores a Pol Pot estaba prohibido estudiar idiomas extranjeros.

Siguiente parada en Camboya: Siem Reap. Esta es la ciudad más cercana a Agkor Wat, el motivo de nuestra visita. La primera noche en la ciudad me torcí el tobillo, lo que alargó nuestra estancia en Siem Reap y aplazó nuestra visita a los templos. No problem. Una visita al hospital en un país extranjero es otra experiencia. En Camboya fue algo surreal.
Llegué en tuk tuk a un hospital llamado “Royal International Hospital” (Hospital Real Internacional), donde me recibieron unos celadores y enfermeras realmente amables y me condujeron hasta una sala de recepción impoluta. El hospital parecía más un hotel de 5 estrellas. Lo que me sorprendió: no vi ni un solo paciente, solo personal del hospital. Lo que me dejó estupefacta: la reverencia que me hizo el doctor cuando se presentó, dándome las gracias todavía no sé por qué (¿por torcerme el tobillo, quizás?). Me llevaron a la sala de rayos X, con equipo novísimo que parecía lo acababan de desembalar. De ahí a una sala con televisión de plasma, donde esperaba Andy y donde nos enteramos que el hospital era Tailandés. Nos pidieron amablemente que esperáramos los resultados y, cuando estos estuvieron listos, me llevaron de nuevo a la sala de antes donde el médico se disculpó por la tardanza; al parecer otro médico había interpretado las radiografías desde Bangkok. Me explicó que no tenía nada roto ni rasgado, solo la distensión del ligamento y que la enfermera me vendaría y me indicaría los medicamentos que tenía que tomar. La enfermera hizo lo propio y nos condujo hasta la caja, donde nos darían los medicamentos y nos cobrarían la factura. Si no hubiera sido por el dolor de tobillo, habría creido que estaba en un spa.
Cuando vi la factura creí comprender por qué el doctor me había dado las gracias repetidas veces. De los 265 dólares del total a pagar, unos 100 eran los honorarios del médico. En la factura también ponía algo de “otros servicios”. Me pregunto si éstos son las reverencias y el tratamiento casi real. No creo que a los del seguro les importe mucho esto.

Una vez recuperada, ya estábamos preparados para recorrernos Angkor.
Angkor fue la capital del Imperio Khmer que reinó en Camboya entre los siglos IX y XV. Hasta el siglo XII, la época de mayor apogeo, se construyeron magníficos templos, siendo el más impresionante y famoso el llamado Angkor Wat. Se dice que esta capital fue mayor que cualquier otra capital europea de la época, con una población de más de un millón de personas en los tiempos de mayor esplendor.
La capital fue abandonada en el siglo XV, después de que sufriera repetidas invasiones por parte de los tailandeses. Fue entonces cuando su último rey decidió mover la capital a Phnom Penh. Los templos se convirtieron en lugares fantasma con el tiempo, algunos en ruinas por la acción de la jungla, capaz de crecer sobre la piedra. La ciudad no fue “redescubierta” hasta el siglo XIX, convirtiéndose en atracción turística. En la actualidad en muchos de los templos se están llevando a cabo trabajos de restauración.
Nosotros visitamos la ciudad en tres dís consecutivos subidos a una bici. Cada mañana nos levantábamos a las 4:00 de la madrugada para poder estar allí al amanecer. Los amaneceres desde varios puntos de la capital son uno de los atractivos, especialmente desde Angkor Wat. Luego pedaleábamos de templo en templo hasta el atardecer, hacia las 6 de la tarde.

De vuelta en Tailandia, nuestra primera isla fue Koh Chang. Llegamos el día 12 por la noche y el 13 empezaba el Nuevo Año Tailandés. Así es, en Tailandia, como en otros países sudasiáticos, en año nuevo empieza en abril, y se celebra durante tres días. Estos tres días, las calles se convierten en campos de batalla donde la munición es el agua. No importa la hora del día, si vas andando, en moto o coche, si eres tailandés o extranjero… Salir a la calle durante esos días significa que te va a caer un cubo de agua por la cabeza o te van a disparar con una pistola de agua. Hay que ir preparado… y unirse a la guerra! Me recuerda a la Fiesta del Agua que se solía celebrar en Alacuás, pero a gran escala.
La verdad que fueron tres días muy divertidos y luchando conocimos a mucha gente. Y cuando no queríamos mojarnos, simplemente nos quedábamos en nuestro hostal a relajarnos, donde teníamos hamacas frente al mar. Entre la gente que conocimos se encontraba una pareja: Tom, inglés, y Charlie, francesa, con su hijo Ben de ocho años que nos disparaba con una de sus siete pistolas de agua en cuanto nos veía.
El primer día de año nuevo, el 13, celebramos además el cumpleaños de Andy con una barbacoa de pescado y marisco en un restaurante junto al mar y, después, como no, terminamos todos enfrascados en una guerra de agua.

Al sur de Koh Chang se encuentra una islita preciosa y tranquila: Koh Wai. Un lugar para relajarse, hacer snorkeling y conocer gente. La isla no tiene carreteras si quiera. Solo la costa este tiene playas y “resorts” en los que alquilar una cabañita frente al mar. El resto de la isla es jungla y rocas. Se puede atravesar la isla de un lado a otro por un caminito a través de la jungla, pero te las tienes que ver con mosquitos del tamaño de avispas que pican durante todo el día. Por la noche, solo hay electricidad desde el atardecer hasta las 11 de la noche. Después de esta hora, en la oscuridad, es el momento ideal para darse un baño en el mar y provocar a las bacterias fosforescentes (no sé su nombre científico) que se “encienden” con el movimiento. Las aguas aquí están llenas de ellas, así que el espectáculo es muy bonito; todo alrededor de tu cuerpo son puntitos de luz verde fosforescente y si mueves un brazo, por ejemplo, dejas un rastro de luz en el agua. Es una pena que no tenga ninguna foto, pero seguro habrá más ocasiones.
Otro bello espectáculo son los amaneceres. Cada madrugada cuando empezaba a haber un poco de luz hacia las 5:30, me despertaba y al ver la vista desde la ventana de nuestra cabaña tenía que salir a contemplar el amanecer. Después, durante el día, había tiempo de sobra para la hamaca y alguna siestecita que otra.

En Koh Wai conocimos mucha gente: el catalán Daniel que, como él dice, ya se ha hecho medio asiático; la australiana Penny, que nos alojó en su piso de Bangkok durante una noche después de dejar Koh Wai; el chileno Ángel, residente en Nueva Zelanda, viajero empedernido y artista; su hija de dos años y medio Nikita, pura energía; la belga Marian, también viajera vocacional; la pareja de suizos italo hablantes, Claudio y Maria, a los que les encanta Barcelona; y la simpática pareja alemana Nadine y Philippe, que me proporcionaron el maravilloso remedio casero de la “patata caliente” para mi pequeño problema de dolor de oídos.

Dejamos el paraíso para ir a Bangkok, donde nos reunimos con Penny, escala obligada desde donde debíamos salir hacia nuestro siguiente destino: la isla de Koh Tao. Pero esto será otra entrada, dentro de unos 10 días…

Norte a/vs Sur

Nuestra entrada en Vietnam no fue fácil pero una vez llegamos a Hanoi, los nervios se apaciguaron y la normalidad volvió a nuestra vida viajera.

Para curar nuestras heridas de la frontera, decidimos tratarnos bien alojándonos en un hotel por encima del presupuesto mochilero, con lujos como tv por satélite, frigorífico e incluso ¡bañera! La primera bañera que veo desde que salí de España.
En Asia lo normal son las duchas, y éstas son el colmo del minimalismo; una cabeza de ducha atornillada a la pared y todo el suelo del cuarto de baño como plato de ducha, donde el agua se escurre por un desagüe gracias a una ligera inclinación. Tiene su sentido práctico esto: cuando te duchas, a la vez limpias suelo, lavabo, espejos e incluso váter.
Por supuesto, aproveché la ocasión para darme un baño hasta arrugarme como una pasa.
En el hotel teníamos además conexión a Internet gratis, lo que me vino estupendamente para poner mi blog al día.

Hanoi es la capital del Delta del Río Rojo, la capital de Vietnam del Norte durante la guerra y la capital del país reunificado después de la guerra.
Es una locura de tráfico, especialmente motos; tiendas de todos los colores y sabores agrupadas por zonas fieles al gremio, como las secciones de un gran centro comercial; edificios altos de fachadas tan estrechas que parecen torres de un castillo extraídas de su cuento, resultado de sucesivas particiones por herencias e impuestos por metro de fachada pública.

Aparte de relajarnos, en Hanoi visitamos el Museo de Ho Chi Minh, el héroe nacional, llamado cariñosamente tío Ho por los patriotas vietnamitas.
Ho Chi Minh luchó por la independencia de Vietnam de los colonialistas franceses y se convirtió en el primer presidente de la República Democrática de Vietnam, pero sólo del norte, que el país no se reunificó hasta que ganó la guerra contra EEUU, en 1975.
Hoy, el tío Ho descansa embalsamado en su Mausoleo, siguiendo la tradición de los grandes líderes comunistas. El mausoleo se encuentra en un gran complejo junto al museo, la casa de Ho Chi Minh y otros edificios. A lo lejos vimos, dentro de este complejo una aglomeración de gente que resultó ser la cola para entrar al mausoleo. Ante la perspectiva esperar horas en la cola para ver un cuerpo embalsamado, decidimos conocer a Ho Chi Minh a través del museo.
El museo fue una decepción. Un juego patriótico de color, objetos, fotos y citas del tío Ho, muy bien puesto todo pero del que resultaba imposible sacar algo en claro. No vi el propósito de aquella amalgama de información, pero seguro no era el de que el visitante aprendiera algo.

Otro museo, el Museo de la Revolución Vietnamita, resultó mucho más interesante, pero con tantas salas, tanta información en cada una de las salas, que solo llevábamos una cuarta parte recorrido cuando varios de los trabajadores nos adviritieron que iban a cerrar, uno de ellos indicándonos persistentemente con su brazo extendido la dirección de salida. La culpa fue nuestra de todos modos, pues llegamos al museo tarde según los horarios asiáticos, que se adelantan a los españoles en unas dos horas en todos los quehaceres diarios.

Esa misma tarde, cogimos un tren nocturno hacia la que fue durante un período de la historia, la capital de Vietnam: Hue.
Al comprar el billete teníamos tres opciones: asientos, camas duras o camas blandas, en orden creciente de precio. Como íbamos a pasar toda la noche viajando, pedimos camas blandas. Ya nos habían advertido que conseguir un billete de esta clase desde la estación es muy difícil, pues las agencias turísticas se los apropian prácticamente todos para venderlos después a los turistas por el doble. Efectivamente, solo quedaban dos posibilidades: asiento en tren rápido o cama dura en tren lento.
Elegimos los asientos, después de que la chica nos asegurara con un aclarador movimiento de manos que éstos eran reclinables. Cuando subimos a nuestro vagón, tuvimos que atravesarlo entero hasta encontrar nuestros asientos. Estaban justo al final, pegando a la pared. El espacio entre pared y asiento insuficiente para que éste se reclinase siquiera la mitad de lo que debiera. Sabíamos esto porque había otra pareja de occidentales unas cuatro filas delante que tumbaron sus asientos hasta casi conseguir la deseada posición horizontal. Lo siguiente que descubrimos es que viajábamos con dos niños al lado, con un hombre empeñado en que todo el mundo escuchara música desde su móvil y que todo el mundo estaba condenado a ver la película en vietnamita a todo volumen. Para colmo, las luces que estaban en nuestra parte del vagón no se apagaron en toda la noche, mientras el resto quedó a oscuras.

Superada la noche, llegamos a Hue, una bonita ciudad que combina modernidad e historia.
Dos días en Hue y un tour por día.

El primero lo dedicamos a recorrer la ciudad en moto: Andy en una moto, yo en otra con el guía. Resultó un tanto acelerado pero más que suficiente para conocer los puntos de interés en un solo día.

El segundo nos llevó por las afueras de la ciudad a la DMZ (Zona Demilitarizada), es decir, la zona que se extiende 5km a ambos lados del paralelo 17, por donde se dividió el país en dos al final de la guerra contra los franceses: Vietnam del Norte y Vietnam del Sur.
El nombre no puede ser menos acertado: esta zona fue la más sangrienta, la más minada y la más conflictiva durante la guerra contra EEUU. El napalm y los herbicidas que arrojaron los americanos en el lugar, con el propósito de hacer salir al Vietcong de sus escondrijos, provocaron que durante años no creciera ni una sola planta, ni un solo árbol.
El río Ben Hai se convirtió en la frontera física entre norte y sur. Hoy, un puente une ambos lados del río como símbolo de la reunificación.
El tour nos llevó por lugares significativos de la guerra contra EEUU, como el lugar por donde se extendía parte del Ho Chi Minh Trail, el camino a través de la jungla que usaron primero el Viet Minh, en la guerra contra Francia, y luego el Vietcong, en la guerra contra EEUU, para abastecer a las guerrillas del sur. Nada queda de ese camino de tierra. Por donde nosotros pasamos fue por la autopista que construyeron en su lugar.

Río Ben Hai-paralelo 17

Entre otras localizaciones famosas por la guerra, cabe mencionar los túneles de Vinh Moc. Éstos fueron construidos por los habitantes de las aldeas para protegerse de los bombardeos norteamericanos. 50 túneles a tres niveles donde vivieron durante años, saliendo al exterior solo por las noches. Como parte del tour, atravesamos una secci&ocute;n de los túneles, en los que había minúsculas habitaciones, una para cada familia, salas de reuniones e incluso una maternidad donde nacieron algunos bebés. Aunque los túneles están hoy iluminados, sigue siendo necesaria una linterna. Y aunque en la mayor parte de las secciones es posible andar de pie, resultan claustrofóbicos y hubo alguno que tuvo que salir nada más entrar.

En Hue fuimos a cenar a un restaurante local, propiedad de un simpático sordomudo que se comunica con los turistas con su propio lenguaje de signos. Mientras estábamos cenando, se acercó a nosotros con tres álbumes de fotos. Al principio no entendimos pero, mirando las fotos, vimos que todas eran de personas de diferentes partes del mundo, posando con una especie de tablilla de madera donde había algo escrito. Luego nos trajo nuestra propia tablilla, que no era sino un abrebotellas echo por él mismo en el que había escrito la dirección de su restaurante y la fecha. Lo único que “pedía” a cambio, solo si uno quiere, es una foto para su colección. Me pareció una idea muy simpática y esa misma noche pensamos en la foto que le íbamos a enviar. Hasta ahora, la más original es una de dos astronautas posando con el abrebotellas desde la luna. Esperamos superarla.

Abrebotellas en la luna

Nuestra siguiente y última parada en Vietnam fue Ho Chi Mihn City, la antigua Saigon que, aunque fue renombrada después de la guerra, los sudvietnamitas prefieren seguir llamándola Saigon.
Esta vez nos aseguramos de conseguir camas blandas, para un viaje de 17 horas.

Así si

Dos visitas merecen mención aquí: una al “War Remnants Museum” (Museo de Restos de la Guerra) que muestra las atrocidades de la guerra; y otra a los túneles de Cu Chi, a las afueras.

El museo muestra en su mayor parte fotografías de casi todos los aspectos de la guerra. Digo casi todos porque, obviamente, se muestran desde el punto de vista vietnamita. Una sala está dedicada a los fotógrafos y corresponsales de guerra que murieron, muchos segundos después de haber tomado su última foto. Otra de las salas estaba dedicada a las barbaridades cometidas por los norteamericanos. Algunas de las fotos mostradas aquí hacen que uno se estremezca y se pregunte cómo un ser humano puede llegar a convertirse en un monstruo. Había otras fotografías mostrando los efectos de la guerra. Uno de los más atroces es el nacimiento de niños desfigurados o mutilados a causa de las armas químicas, especialmente el agente naranja, utilizadas por EEUU a las que estuvieron expuestos muchos vietnamitas. Hoy son sus hijos los que sufren las consecuencias.

Consecuencias de las armas químicas

Había en este museo un libro de visitas para todo el que quiera escribir algo. Estaba abierto por una página en la que alguien había escrito ‘todos los americanos son unos bastardos’. Alguien había replicado ‘Bonita generalización, me pregunto de dónde eres pues imagino que en tu país no hay ningún bastardo. Paz’. Absurda discusión. En una guerra, ambas partes son culpables y cometen crímenes inhumanos. Los únicos inocentes son los niños y lamentablemente los que más sufren.

Los túneles de Cu Chi fueron primero construidos por el Viet Minh en la guerra anticolonialista. Sirvieron después al Vietcong para esconderse de los americanos, convirtiéndose en una intrincada red de túneles donde podían desaparecer prácticamente engullidos por la tierra. Estos túneles son tan estrechos y bajos que incluso para un niño es difícil estar de pie, a pesar de que han sido agrandados para los turistas. La humedad y el calor dentro son casi insoportables. Al salir del túnel, después de apenas 10 minutos, todo el mundo estaba empapado de sudor y casi ahogados.

La siguiente foto es de un agujero en el suelo, literalmente hablando, con una trampilla de madera cubierta de hojas para disimular la entrada del escondrijo.

Sólo para talla vietnamita

Esta es de los túneles, donde la única manera de avanzar era a gatas.

Más grande que el original

Odisea en Vietnam (II parte)

Al ver cómo se alejaba nuestra última oportunidad de salir de allí, los dos tuvimos nuestro momento de desahogo. Mientras el autobús seguía su camino, gritamos a los cuatro vientos lo que pensábamos y sentíamos en aquel momento: la gente de Vietnam no tenía corazón, era insensible y solo les importaba el dinero. En ningún otro país nos habían tratado de esa manera.
La gente en la calle nos observaba a distancia; hombres, mujeres y niños que aparentemente no tenían nada que hacer, salieron afuera de sus casas o se detenían en su camino para mirar el “espectáculo” y, lejos de ayudarnos, muchos incluso se reían.

Tuvo que ser una niña de quince años la que tuviera la iniciativa de acercarse y hablar con nosotros. Nos dijo que había otro autobús a la una de la tarde, pero eso para mí no significaba nada excepto enzarzarnos en la misma frustrante discusión con el conductor. Ante la idea, me eché a llorar impotente, liberando por fin la tensión acumulada. Al rato, la chica apareció de nuevo esta vez en su moto, paró delante de nosotros y nos dijo: “Puedo ayudaros. Esperadme aquí”. La orden tuvo gracia, teniendo en cuenta que nuestro problema era precisamente que no nos podíamos mover de allí. ¿Dónde íbamos a ir?

Al cabo de una media hora, la chica volvió con un hombre joven que nos presentó como su profesor de inglés. Le explicamos nuestra situación y nos dijo que lo comprendía, sabía cómo se aprovechaban los conductores y que era injusto. Se ofreció a hablar en nuestro favor con el conductor del autobús de la una y, mientras tanto, nos invitó a visitar su escuela, donde podíamos descansar y comer. Así que nos llevaron a la escuela, que estaba a 2km del pueblo, yo subida en la moto de nuestra salvadora.

En el colegio todos fueron muy amables. El profesor nos ofreció su habitación para descansar (los profesores se alojaban en un edificio anexo a la escuela) aunque esto fue imposible ante la procesión de maestros y alumnos que pasaron por allí para hablar con nosotros. Esto no me importó en absoluto; estaba feliz y agradecida de sentir por fin un poco de calor humano, de que alguien nos tendiera una mano amiga. De nuevo habíamos tenido una de cal y otra de arena. Tan pronto nos encontrábamos con el vietnamita avaricioso y agresivo como, en el extremo opuesto, la gente más genuinamente amigable.

Sabíamos perfectamente que el precio que piden al turista es abusivo, pero de nuestra charla con los profesores obtuvimos algunos datos que dan una idea de la magnitud del abuso: el sueldo medio en las ciudades es de unos 50 dólares mensuales y aproximadamente 20 en zonas rurales, que es lo que cobraban estos maestros. Así, los piratas de los autobuses pretendían sacarse un sobresueldo equivalente a un mes de salario con cada turista atrapado en Quan Son.

Todos los maestros eran muy jóvenes, rondando los 24, la mayoría en su primer año de profesión en la escuela. Me llamó la atención la buena relación que parecían tener profesores y alumnos.
Son los propios maestros los que cocinan, turnándose cada día. Esta vez cocinaron también para nosotros. Comimos al estilo vietnamita, sentados en corro en el suelo, sobre una esterilla, cada uno con su bol de arroz y varios platos en el centro para mezclar con el arroz. Después de comer, nos dejaron solos en la habitación para que pudiéramos descansar antes de subir al autobús.

Cuando llegó la hora, salimos acompañados por nuestro maestro de inglés a esperar el autobús, pero a mitad de camino, en el patio del colegio, se detuvo a hablar con alguien que acababa de llegar en moto. Hablaban en vietnamita, el profesor tranquilamente y el de la moto algo agitado, apuntando hacia nosotros ocasionalmente. Aunque no entendía una palabra, sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo. Imaginé que el de la moto era el extorsionador de turno y que discutía con el profesor sobre el impuesto a pagar por ser extranjeros. De hecho, al igual que en los otros autobuses, este ni siquiera era el conductor sino la persona encargada de cobrar a los pasajeros. En un momento dado, el maestro nos tradujo: quería 30 dólares, dinero que seguíamos sin tener. Traté de regatear solo una vez, pero ante el primer ‘no’ y conociendo ya la tozuded de esta gente, eché a andar con la sangre hirviendo, dejando a todos, ladrón, maestro y a Andy, atrás. Mi objetivo era llegar al autobús, que podía ver a lo lejos aparcado a las afueras del pueblo, subirme a él y negarme a bajar. Mi plan se vió frustrado cuando, a mitad de los 2km que me separaban del vehículo, el saqueador de turistas me pasó en la moto.
Andy casi me había alcanzado cuando el autobús pasó en sentido opuesto, hacia la escuela que habíamos dejado atrás. En ese momento llegué a mi límite, perdí el control y empecé a gritar con todas mis fuerzas y toda mi rabia ¡quiero salir de aquí! El estado emocional en que me encontraba explica lo que sucedió a continuación.

El autobús volvía hacia el pueblo, después de su ronda para recojer a pasajeros, para tomar definitivamente la carretera hacia Hanoi. Una sola idea cruzó por mi cabeza: debía subir a ese autobús como fuera. Esa era nuestra última oportunidad de salir de allí y no podía soportar la idea de permanecer en ese pueblo una noche más, lo que hubiera significado además gastar el único dinero que teníamos en alojamiento y comida. Determinada a parar el autobús, me planté en medio de la carretera, brazos en cruz, delante de él. El autobús disminuyó la velocidad y el conductor hizo un intento de esquivarme, pero yo rectifiqué mi posición para permanecer en su camino. Cuando casi había parado, fui hacia la puerta e intenté abrirla. Desde dentro, el tirano del recaudador empujaba oponiendo resistencia y el conductor intentaba seguir la marcha, pero Andy se había puesto delante, impidiéndoselo. Afortunadamente el autobús era un cacharro antiguo, con puerta manual, y tras un par de intentos la abrí a golpes. En cuanto subí me encontré de frente con el bandido y le empujé haciéndole retroceder y casi caer. Me encaré a él cuando creí oir que preguntaba “why?” (¿por qué?) gritándole, en español, “¡porque me quiero ir de aquí!”, “¡me quiero ir de aquí!”. No podía decir otra cosa. Una voz femenina a mi lado dijo: “tranquila, tranquila”. Ni siquiera le miré. No quería tranquilizarme, no podía mientras no me hubiera asegurado un asiento en el autobús y la certeza de que dejaba atrás ese maldito pueblo. Dejé caer mis mochilas y fui directa a sentarme en la parte trasera, de donde no me moví en todo el trayecto. La chica española se sentó a mi lado para tratar de hablar conmigo, pero durante un rato no pude ni hablar. Con la cabeza entre mis manos solo trataba de calmarme y asimilar lo que acababa de ocurrir. Ni siquiera reaccioné cuando el recaudador se acercó a cobrarnos y Andy tuvo que darle todo nuestro dinero.

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Odisea en Vietnam

Llevamos cuatro días en Hanoi. Cruzamos la frontera entre Laos y Vietnam el domingo pasado, después de andar a pie el escaso medio kilómetro que separaba una frontera y otra, en tierra de nadie. Tan insignificante en términos de distancia y tan significativa en tantos otros aspectos de un país.

Al llegar a las casetas de los oficiales de inmigración vietnamitas, nos solicitaron el pasaporte, como en cualquier frontera. Lo que nos sorprendió fue el tiempo y el cuidado que se tomaron para examinarlo. Prácticamente pasaron todas las páginas del pasaporte, no solo la del visado de Vietnam, poniendo especial atención en cómo estaban unidas las páginas. Los pasaportes pasaron de unas manos a otras para ser revisados. Por fin nos dieron los formularios de entrada y salida para rellenarlos. Una de las preguntas decía: “¿presenta alguno de estos síntomas?: …, fiebre, vómitos, tos, …” Yo hacía un par de días que estaba acatarrada, así que por supuesto que presentaba tos, pero por supuesto taché la casilla que decía “no”. A partir de ese momento hice un esfuerzo tremendo por no presentar tos, especialmente cuando nos dirigieron a la caseta de otro oficial que nos invitó a sentarnos enfrente de su mesa. Éste procedió a una nueva revisión de pasaportes y a anotar nuestros datos en un libro, en un tiempo que a mi me pareció excesivo. De vez en cuando interrumpía su tarea para hacernos preguntas del tipo “qué medio de transporte habéis utilizado para venir a Vietnam”. Una vez pasado el cuestionario, volvimos a la mesa al aire libre donde nos habían recibido, en la que otro oficial procedió a revisar nuestro equipaje. Cuando dio su visto bueno, nos pusimos por fin en marcha dispuestos a introducirnos en el país, dirigiéndonos hacia lo desconocido, no sin una cierta intranquilidad y reserva tras el paso fronterizo.

Enseguida nos vimos andando por la calle principal de un pequeño pueblo, supuestamente NaMeo. Varias personas llamaron nuestra atención para ofrecernos alojamiento, transporte o comida. Una mujer Salió de un portal haciendo el gesto de comer con las manos. Como ya teníamos hambre, decidimos aceptar su invitación antes de proseguir nuestro camino, que por cierto teníamos que averiguar cuál era.

Después de la sopa, empezamos nuestra investigación sobre cómo salir de Na Meo y llegar al siguiente destino, que en principio era Mai Chau, donde nos habín dicho que salían autobuses a Hanoi. Yo me quedé con el equipaje preguntando a la hija de la cocinera, que más o menos se defendía en inglés, mientras Andy salía por el pueblo a investigar cuáles eran nuestras opciones. Los dos descubrimos lo mismo; nuestra única opción era la moto-taxi, que no son más que los propios habitantes propietarios de motocicletas aprovechándose de la situación de que no existe medio de transporte público para salir de allí. Una frontera-trampa para el extranjero. Hasta Mai Chau en moto, de paquete, con las mochilas a la espalda, en un viaje de 5 horas, impensable. El pueblo más cercano lo suficientemente grande como para tener autobuses hacia Hanoi, era Quan Son, a 50 Km, por cuyo trayecto en moto nos pedían 10 dólares. El precio era abusivo pero, razón de mayor peso para no aceptar era el hecho de que sólo tenímos 20 dólares, debido a que el fin de semana nos había pillado desprevenidos, una vez más, con los bancos cerrados. En Vietnam no teníamos la posibilidad de conseguir dinero hasta llegar a Hanoi.
Esta era nuestra situación: nos pedín 10 dólares por cada uno, lo que nos dejaba sin dinero para comprar un billete de autobús de Quan Son a Hanoi. Y la cuestión es que el regateo no funciona con un vietnamita, como si lo hace en el resto de Asia, y prefieren no ganar nada a ganar menos de lo que piden.
Nuestra solución: salir andando hasta Quan Son y, si no paraba alguien en el camino que nos pidiera un precio razonable, dormir en algún pueblo y seguir al día siguiente.

Cuando llevábamos 10 km andados, varios camiones rechazados por su desproporcionada avaricia, empezaba a oscurecer y hacer frío y las fuerzas empezaban a fallar, nos paramos a descansar y evaluar nuestra situación. Entonces vimos que se acercaba un camión con algunos troncos y personas subidas en la parte descubierta de atrás. Lo paramos y “hablamos” con el conductor. Le dijimos “Quan Son!” y él hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Nuestra siguiente obvia pregunta, “Cuanto?”, al tiempo que yo sacaba la calculadora para que pudiera escribir su precio (método que hemos aprendido de los vendedores). Escribi&oacute’ un “40”, que no nos cuadraba ni con los dólares americanos ni con los dongh vietnamitas, con lo que le enseñamos un billete, a ver si nos entendíamos. Entonces negóo tímidamente con la cabeza y nuestra atención se dirigió a los gritos de la gente subida en la parte trasera, que miraban hacia nosotros haciendo animados gestos invitándonos a subir. No me lo podía creer. Entonces comprendí que el 40 significaba 40 km y que no nos estaba pidiendo dinero, y no me lo podía creer. A mi me abrieron la puerta de la cabina, donde había tres vietnamitas más aparte del conductor, y me ofrecieron el asiento más cómodo. Andy viajó en la parte trasera con los otros. Poco después, el cielo oscureció y comenzó a llover.
Hizimos una parada en el camino donde esperaban unos troncos para ser cargados en el camión. Mientras algunos hombres se ponían a la faena, nos invitaron a wishki casero y pasamos un rato muy divertido nosotros aprendiendo vietnamita y ellos inglés. Decidimos que era el momento para sacar la botella de lao lao (whiski casero laosiano) que habíamos comprado en uno de los poblados de Laos que se dedican a destilar el whiski.

Una vez el camión estuvo cargado, no había sitio ya en la parte de atrás para ninguna persona. Pero esta parte del viaje la hacía menos gente y nos encajamos todos, mochilas incluidas, en la cabina, hasta llegar a Quan Son. Allí nos dejaron delante de un restaurante donde pudimos cenar. Enfrente había un hostal, pero el dueño, que se había acercado al restaurante mientras cenábamos, nos dijo el precio y nos parecióo un poco caro. Andy salió a la calle a buscar otros y comparar. Cuando volvió, me dijo que un chico le había ofrecido alojamiento en su casa, gratis. Otra vez increíble. Dónde estaba la trampa?
Cuando nos reunimos con el chico para que nos llevase a su casa, nos dijo que era el conductor del autobús que salía al día siguiente hacia Hanoi a las 7:30 de la mañana. Perfecto. O no.
Después de desayunar, poco antes de que saliera el autobús, Andy y yo empezamos a sospechar. Las sospechas aumentaron cuando le preguntamos cuánto valía el billete y se hizo el loco, evitando responder. Hasta tres veces le pregunté y, harta de que me eludiera, le acorralé y le dije con voz enérgica, “Mira, necesito que me digas el precio del billete ahora!” Nos quedamos de piedra cuando contestó “50 dólares” (por los dos). En primer lugar, no los teníamos. Pero sobre todo, nosotros sabíamos que el billete le cuesta a un local ¡2 dólares!

Podemos admitir pagar precios más elevados como extranjeros, como parece ser la norma en los países asiáticos, pero no pagar 10 veces más para el lucro del extorsionador, que impone su propio precio aprovechándose de la situación. Para hacerse una idea de su desproporcionada avaricia: el salario medio mensual en las ciudades es de unos 50 dólares, mientras que en las zonas rurales, como Quan Son, es de unos 20.
En otros países, las tarifas de tren o autobús son más altas para extranjeros, pero son tarifas fijadas oficialmente y razonables.

“Nuestro amigo” sólo bajó hasta 30 dólares y como le dijimos que no teníamos ese dinero, se subió al autobús y se largó. Después de los primeros segundos de estupor, intentando asimilar lo que acababa de ocurrir, decidimos intentar buscar a alguien que se dirigiera a Hanoi. No sabíamos que había otro autobús, este no directo, hasta que un chico que había presenciado la escena se nos acercó. Era otro conductor de autobús. Otro extorsionador. Los diez minutos siguientes fueron similares a los diez minutos anteriores. Parecía que estábamos atrapados en el tiempo, condenados a repetir la misma escena una y otra vez. Y condenados a quedarnos en aquel maldito lugar para siempre.

Andamos hasta el restaurante donde habíamos cenado la noche anterior con la idea de preguntar allí si conocían a alguien que fuera hasta Hanoi (o cualquier otro lugar donde hubiera una estación de autobús). Ni siquiera entramos al restaurante. Ninguno teníamos ganas de hablar con un vietnamita porque sabíamos ya lo frustrante que era. Nos sentamos en la acera de enfrente, a sopesar nuestras posibilidades. Una era esperar a que pasara algún camión y acordar un precio que pudiéramos pagar. Otra era volver a Laos. Aunque mi sentimiento en ese momento era de odio hacia el país entero, volver a Laos tenía dos contras; volver a Na Meo parecía tan imposible como ir a Hanoi, con conductores de autobuses ladrones, lo que significaba que debíamos andar y confiar en nuestra buena suerte, como el día anterior; y, por otra parte, volver a Laos significaba que ellos ganaban, y yo no quería abandonar. En cierto momento, apareció un autobús que iba a Na Meo. Paró delante de nosotros y al decirnos su precio, le dijimos que se largara. Después de esto, la rabia y la impotencia que sentíamos estaban a punto de explotar.

Continuará…

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Laos desconocido

Antes de llegar a Laos no sabía nada del país. Más aún, ni siquiera sabía de su existencia hasta que definimos nuestra ruta.

Quiero crear una página para cada país de este viaje, incluyendo un mapa con la ruta, algo de su historia, sus costumbres y en general lo que he aprendido o me ha llamado la atención.
De Laos hay mucho que no se sabe y muchas cosas que me han impresionado, como enterarme de que es el país más bombardeado de la historia, que este triste título lo obtuvo durante la guerra de Vietnam, que de hecho, EEUU estaba manteniendo al mismo tiempo una guerra secreta en Laos y que las “bombies” (bombas antipersona del tamaño y forma de una pelota de tenis) que no explotaron, siguen matando y mutilando personas, sobre todo campesinos y niños.

Esto es un resumen y espero escribir más sobre ello en la página dedicada a Laos, entre otras impresiones menos dramáticas. De momento, el resto de nuestro viaje nos llevó al norte del país y a esta parte de su historia.

De Vang Viang nos dirigimos hacia Phonsavan, la ciudad más grande cercana a “Plain of Jars” que era en efecto nuestro objetivo.
Plain of Jars (la llanura de las jarras) es básicamente un extenso terreno llano en el que se encuentran esparcidas, como plantadas en la tierra, unas enormes vasijas de piedra. No se sabe a ciencia cierta qué antig¨edad tienen, ni quién ni porqué las puso allí. Se ha descubierto que durante un periodo de la historia se utilizaron para depositar restos mortuorios y vasijas con ofrendas a los difuntos, pero este uso es muy posterior a la creación de las jarras de piedra y por tanto se desconoce su utilidad original.

la 'jarra' más grande

Para visitar este lugar contratamos un tour en Phonsavan, que incluía además unas cascadas, una zona llena de cráteres provocados por las bombas americanas y un poblado donde, como en muchos otros, aprovechan los restos de las bombas para toda clase de utilidades, desde jardineras a cimientos para las cabañas.

construida sobre restos de bombas

Nuestra primera parada fue el lugar de los cráteres, donde descubrimos el interesante caracter de nuestro guía, un joven con ideas y opiniones propias, que había estudiado en Francia y que había estado varias veces en la cárcel por hablar con periodistas. También descubrimos que el gobierno laosiano mantiene un silencio absoluto sobre esta parte de la historia del país, que en las escuelas no se enseña gran parte de la historia y que algunos libros están prohibidos.
El tour entero fue una lección de historia por parte de nuestro guía con numerosas anécdotas, tan interesante que nos mantenía a todo el grupo reunido a su alrededor como escuchando un cuento.

cráter de bomba

Al día siguiente cogimos un autobús hacia Vang Xai en el norte, cerca de la frontera y otro lugar de interés histórico.
Aquí visitamos las cuevas donde se escondieron durante años los miembros del Pathet Lao, la guerrilla comunista laosiana, mientras duraron los bombardeos por parte de EEUU. Visitamos cuatro de las cinco cuevas abiertas al público (renunciamos a la quinta cuando empezó a llover), todas ellas artificiales, construidas a base de dinamita, con las habitaciones habituales en una casa, además de una de emergencia que contenían una bomba para producir oxígeno en caso de armas químicas. Estas eran las cuevas de los peces gordos del Pathet Lao, pero existen en la zona más de cien donde se escondió y vivió toda la población.

Habíamos decidido cruzar a Vietnam al día siguiente. Sabíamos que pasaba por Vang Xai un autobús que iba hasta Na Meo, la frontera, en una hora más o menos. Pero no tuvimos en cuenta que era domingo y, después de una hora de espera, se hizo evidente que no teníamos medio de transporte. Solo había dos opciones: quedarnos en Vang Xai un día más o hacer autostop. Optamos por lo segundo, para lo que le pedí al chico del hostal que escribiera en un papel “Na Meo” en laosiano, con el que nos plantamos en el cruce de caminos entre Van Xai y Na Meo. Antes de un cuarto de hora, paró una furgoneta con la parte de atrás descubierta y cargada con las plantas que utilizan por aquí como escobas. Ahí nos acomodamos hasta llegar a la frontera, donde el conductor nos cobró lo mismo que hubiéramos pagado por el trayecto en autobús.

¿a Na Meo?

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